Blog de Carolina Rangel



Cuentos, microcuentos y poemas.



Escribir no es para mí una necesidad. Es un estado natural. Algo que fluye sin esfuerzo y eso me sorprende.



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miércoles, 6 de abril de 2011

La bicicleta del primo Ritchie

La bicicleta del primo Ritchie… Hacía años que no pensaba en ella. Era roja, brillante, tenía timbre, estaba decorada con unos dibujos, el sillín era negro de cuero y los cauchos eran enormes.

Se la regalaron al primo una navidad que pasamos en su casa, recuerdo el impacto que me causó, no podía dejar de verla, pero no dije nada, no dije que la quería y seguí jugando con lo mío. En ese viaje mi mamá y la mamá del primo Ritchie pelearon y nunca más nos reunimos. Pero antes de irnos el primo Ritchie me vio contemplándola otra vez.

─Algún día será tuya ─dijo sonriendo.

─¿En serio? ─dije incrédulo porque el primo Ritchie siempre me hacía bromas.

─Claro gafo, no ves que todo lo mío te lo pasan a ti. Esa ropa que tienes puesta era mía.



Después de eso pensaba en ella todas las noches antes de dormir. Algún día me montaría en esa bicicleta, sabría lo que es tener ese manubrio entre las manos y pedalearla por horas. Yo tenía unos cinco años entonces y a esa edad lo único que te dejan montar son triciclos. En algún momento, sin darme cuenta, la olvidé.



Pero aquel día, mi mamá nombró al primo y yo recordé la bicicleta.

─Le compraron una moto a Ritchie ¡cómo hacen eso con un niño de dieciséis años!

Me enseñó la foto en la computadora, era un perfil en una red social y yo me puse a revisar todas las fotos a ver si veía una donde apareciera la bicicleta, pero no, no había ninguna. Le envié un mensaje, le pregunté si todavía la tenía. No me respondió pero seguro lo leyó porque el día siguiente mi mamá me dijo:

─Ritchie te mandó una bicicleta con tu papá, dijo que tú se la pediste.

Mi papá estaba en la ciudad por negocios.

─No, él me la había ofrecido, yo solo le pregunté ─dije pensando que estaba en problemas.

─Tu papá te la trae el sábado ─dijo sonriendo.

Fueron los tres días más largos de mi vida.



Corrí con todas mis fuerzas, estaba en la plaza del pueblo cuando vi pasar la camioneta de mi papá. Cuando llegué a la casa me dieron muchas ganas de llorar, no había ninguna bicicleta en la batea. Me pregunté qué había pasado, podía ser que el primo Ritchie se arrepintió, que mi papá no la quiso buscar, que estaba mala. Respiré profundo antes de entrar a la casa.

Mi papá estaba sentado en el sofá. Me saludo muy contento, estaba bebiendo una cerveza.

─¿Y qué pasó con la bicicleta? ─pregunté.

Se puso una mano en la cabeza.

─¡La bicicleta! ─dijo con la boca abierta.

Un olvido era mejor que las opciones que había pensado, no sería hoy pero por lo menos todavía podía tenerla, así que sentí alivio.

Mi papá estaba serio, me veía fijamente. Yo lo observaba también absorto mientras pensaba como convencerlo para buscarla en un día próximo y de pronto me di cuenta que debajo de esa expresión había una sonrisa. Comencé a sonreír yo también y al rato ya mi papá se estaba carcajeando.

─Pero no te traje esa bicicleta vieja, era muy chiquita para ti ─dijo mientras caminaba hacia la camioneta─ la vendí y te compré una nueva.

Sacó una caja de la batea.

─Llama a tus amigos para que nos ayuden a armarla ─dijo con entusiasmo.

Vinieron dos de los muchachos que estaban siempre en la plaza y los tres nos quedamos hechizados cuando mi papá sacó las partes de la caja. Era plateada con unos detalles en verde, a medida que iba quedando lista descubríamos los detalles, tenía un compartimiento para poner el envase del agua, accesorios en el manubrio y otras cosas pero lo que más nos maravilló fue un resorte que tenía debajo del sillín. Después de no tener ninguna, tenía la mejor entre mis amigos. Era alta mi bicicleta, cuando me subí tuve que estirar mucho las piernas y cuando arranqué se me soltó por un instante el pedal del pie, pero no me caí, logré avanzar y vi la cara de orgullo de mi papá.

Mis amigos fueron a buscar las suyas y nos fuimos hasta la plaza, dimos varias vueltas y todos los que allí estaban me miraban, era la bicicleta más bella del mundo. En un momento dado voltee a ver a mi público y la vi. Era la bicicleta del primo Ritchie. Me quedé alelado, estaba igual que aquella vez, no lucía vieja, tenía una de las calcomanías del guarda-cadenas despegada de un lado, era lo único diferente. Me tuve que detener. Todavía la observaba cuando el niño que la tenía arrancó, sabía montarla, daba vueltas rápidas y ágiles. Yo todavía no dominaba la mía así. Me dio algo de tristeza, no sé por qué, así que invité a mis amigos a bordear la iglesia.

Pedaleamos duro y el lado derecho de la edificación era en bajada, agarramos bastante velocidad, yo acomodé los brazos de una manera que me entraba el aire por dentro de la franela y vi que mis amigos me imitaron, todos sonreíamos dándole la cara al aire.

Para regresar a la plaza pagamos el precio, nos tocó la subida, así que llegamos cansados y sedientos. Bebimos agua en un kiosco y nos mojamos la cara, eso nos refrescó pero mis amigos dijeron que se iban a su casa porque ya era hora de almorzar. El sol estaba fuerte a esa hora y la plaza empezó a quedar, poco a poco, desierta.

Pero el niño de la bicicleta del primo Ritchie no se fue, parecía que esperaba que lo recogieran porque estaba sentado a la sombra con la bici acostada a un lado. Me acerqué y le conté mi historia con ella. Se sonrió y me preguntó cosas de la mía, que para qué era el resorte, que por qué no había llevado agua en ella, qué parecía “galáctica”. Le dije que le podía arreglar lo de la calcomanía, saqué mi llavero que tenía una navajita y le recorté la orilla, ya no parecía despegada, quedó perfecta.

─Gracias ─dijo el niño.

─De nada ─contesté.

Era difícil determinar si éramos amigos ya. Pero no me podía tardar más porque tal vez ya se iba.

─¿Te gusta mucho mi bici? ─pregunté.

─Sí, mucho. ─me contestó con los ojos saltones, eso me dio ánimo.

─¿Quieres que las cambiemos? ─dije.

─¿Cambiar las bicicletas? ¿Para siempre? ─preguntó muy extrañado.

─Sí, yo te doy esta, la galáctica, y tú me das…

─Jamás cambiaría esta bicicleta ─me interrumpió.



Al rato me fui caminando, rodando la bici a mi lado y pensando que mi casa quedaba muy lejos.