Blog de Carolina Rangel



Cuentos, microcuentos y poemas.



Escribir no es para mí una necesidad. Es un estado natural. Algo que fluye sin esfuerzo y eso me sorprende.



Bienvenidos los comentarios.



Bienvenidos ustedes.



domingo, 18 de diciembre de 2011

Manicomio

“Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo” dijo y la frase me espabiló. Busqué su rostro en medio de aquella multitud: estaban mis tíos, el vecino y aquel profesor de latín. Luchaba contra el letargo. Oía su voz y lo veía manotear. Sentí un beso y me lo bebí desesperada. Noté que me sobaban y me di cuenta que no era él, él no haría eso. Mi lengua pesaba pero sé que conseguía hablar. Nadie me entendía. No lograba enfocar tampoco. De pronto me elevé en sus brazos. Ví cómo dejabamos atrás el edificio. Sonreí. “Ya puedo dormir”, dije para mí, “él ganó”.

martes, 22 de noviembre de 2011

En la mesa de noche

Por fin quietas, las agujas de tejer descansaban de tanto dar calor: no más suéteres, gorros o medias. Junto a ellas, el rosario suspiraba por tantas peticiones que oyó: algunas satisfechas; la mayoría, no. Los anteojos, todavía empañados por las últimas lágrimas, se resistían a creerlo. Debajo de todos ellos, estaba la carta que nunca sería enviada: con la tinta grumosa y algunas arrugas, esperaba pacientemente a sus lectores.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Desatino

“Muerto pero mío”, le masculló al doctor interrumpiéndole el discurso. Se aferró a la baranda de la cama mientras observaba a su hijo lleno de cables. Repasó sus remordimientos. Cuando nació, lo negó: tenía una lógica sospecha. A los cuatro años, lo dejó: ¡esa rubia manipuladora! A los dieciocho, renegó de él: estaba en malos pasos, era su deber. Se arrepentía para otra vez volver a fallarle. Los argumentos del médico sonaban a esas excusas que él usaba para tomar malas decisiones. Se había propuesto que, sin importar las circunstancias, no volvería a abandonarlo. “¿Desenchufarte? ¿Donar tus órganos? No. Esta vez, no.”

lunes, 7 de noviembre de 2011

En el lugar correcto

Esto es una operación simple, les repitió por enésima vez el cirujano a sus colegas y alumnos. Es una intervención de corrección del lugar de un órgano, en este caso dos, pero eso ya lo hemos hecho. Él era el único que pensaba que era una operación de rutina y no se cansaba de aclararlo. Ese día el quirófano estaba atestado de importantes médicos y brillantes alumnos que pensa ...ban que se estaba haciendo historia. Empezaron abriendo el pecho y serruchando el esternón, pinzaron las arterias y sacaron los intestinos, luego abrieron el abdomen, pinzaron de nuevo y extrajeron el corazón, el cual introdujeron en el pecho, todos sonrieron cuando encajó perfectamente. Los intestinos fueron colocados en el vientre sin mucha emoción. Cerraron todo. El paciente se despertó unos minutos más tarde. Todavía aturdido le dio las gracias a la enfermera que lo atendía. Todos estallaron en un coro de hurras. Era el primer gesto amable en la vida de ese hombre. La operación había sido un éxito.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Pablo

Como tantas veces había hecho de niño, se perdió en la playa. Caminaba sobre la arena y todo parecía igual. En aquella época oía a lo lejos los gritos de su madre y él seguía perdido, correteaba perros, hacía amigos, nadaba en lo hondo, aparecía en la noche para comer, quemado por el sol, cansado, lo regañaban claro, pero valía la pena. Esa tarde fue distinto, estaba angustiado, lloroso, porque buscaba y no sabía a quien, porque han pasado setenta años, porque ya no sabe ni cómo se llama.

sábado, 29 de octubre de 2011

¡Trágame tierra!

Todos quedaron atónitos, en medio de la avenida comenzó una abertura, estaba bien delineada y se formó con lentitud. Poco a poco se aglomeraron muchas personas, debajo del hueco se divisaba unas losas blancas que pronto alguien identificó como unos dientes, cuando terminó de abrirse salió una gran lengua, era larguísima y tomó a Argimiro con facilidad, él no se asustó demasiado hasta que entendió que el objetivo de la lenguota era meterlo en la bocota, ahí empezó a gritar desesperado y a tratar de zafarse pero no lo logró. Antes de cerrarse todos vieron como se empezaron a mover los dientes y enseguida desapareció todo por completo.
─Bueno él lo suplicó así.
─¿Cómo crees? fue solo un decir. Todos hemos dicho esa frase alguna vez.
─Yo creo que sí lo pidió en serio, él estaba muy avergonzado.

sábado, 22 de octubre de 2011

Regresa

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento, los zapatos seguían ahí, esperándolo, él entró a toda carrera, le contó su día, comió, durmió la siesta. Ella se alegró porque lo vió mas grande, “luce tan serio” pensó. Todos los días la misma secuencia, que arranca con la mirada a la entrada, donde están los zapatos. Ya está cansada, es tan vívido y tan secreto… anhela cada vez mas que algún día vuelva a ser cierto.

No, gracias

─Tu y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado ─dijo él al oído de ella.
─No sabes lo cómoda que estoy aquí ─contestó.
─Bailaremos, como querías, ya averigüé de las clases ─continuó él haciendo una mueca, pues ver el cuerpo inerte le avivaba los remordimientos.
─Aquí bailo todo lo que quiero, es más, mi única interrupción es cuando tu vienes a hablarme ─dijo ella.
─Te estoy esperando ─musitó él.
Helaba, así que buscó una manta para taparla y ella rio burlona. Después él se fue, frustrado, como todos los días y ella quedó allí, en su coma profundo, experimentando la más absoluta de las libertades.

Regalo

Son las doce horas, un minuto y quince segundos, me gustaría pensar en la maravilla de que ya es día 26 pero no puedo, ahí viene… ¡Aaah!… y se va, estoy exhausta, cada vez es peor, viene otra vez… ¡Aaah!... No aguanto, estoy empapada en sudor, ya no me importa quién entra, me ve o me toca, solo quiero que termine, porque esta es la última vez que paso por esto ¡lo juro! Viene otra vez ¡Aaah! … ¿Qué me pasó? ¿Me desmayé? ¿Eso es un llanto? ¡Dénmelo!... Aquí estás ¡Lindura! ¿Qué me quieres decir con esos chillidos? ¿Feliz cumpleaños mami?

sábado, 8 de octubre de 2011

Los piojos

No me acuerdo, no logro recordar en qué momento se volvió esto un problema para mí, cuándo me dominó. Poco a poco la cantidad de piojos que tenía en la cabeza fue aumentando y se hizo incontable, yo decía que me hervía la cabeza de insectos porque la sentía caliente y se movían como en ebullición.
Un detalle que me parece muy extraño es que no contagiaba a nadie, los piojos saltan de cabeza en cabeza pero los míos no me abandonaban, con catorce personas en mi casa es increíble que la única piojosa era yo, pero así era, ni mis hijos, yernos, nueras tenían piojos, incluso los siete nietos que dormían conmigo, porque no querían dormir con sus padres, tampoco tenían.
La gente no me creía pero no me los podía sacar, si me los arrancaba se me metían por las uñas y yo no quería echarme nada, nunca me han gustado los químicos. La única solución que encontré fue amarrarme el pelo con un pañuelo, tenía que apretarlo fuertemente porque si no se me salían por los lados y me hacían pasar vergüenza con los vecinos.
El día de la cena fue muy desagradable, estaba haciendo la comida, en la mesa estaban los hijos: los políticos, los de sangre y los de crianza o sea los nietos, todos esperando que sirviera y los piojos comenzaron a caminarme por el cuerpo, bajaban por los brazos y las piernas, subían por la espalda y volvían a la cabeza, no se separaron de mi cuerpo pero estaban como alborotados, alterados y yo me perturbé, no sé si estaba brava, tendría que analizarme pero el hecho fue que me quedó horrible el pasticho, nadie se lo terminó de comer, eso fue lo único que les llamó la atención, lo maluco del pasticho, nadie vio los piojos, menos mal.
Todos aquí consideran que nunca me los pude quitar de encima, que ellos ganaron pero no es así, ya no los tengo. Tuve que morirme, es verdad, pero finalmente se fueron cuando mi cuerpo ya no les dio más sangre que chupar, cuando no quedaba nada en mí que aprovechar, ellos se marcharon, los chiquitos se fueron con los grandes, algunos estaban resignados, otros bravos pero se fueron todos, a resolver sus vidas, a ver el mundo.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Ese día

Me gusta la frescura de la lluvia, no que me moje los pies pero sí ese salpiqueo de gotitas que produce el viento cuando está lloviendo moderadamente. Ese día estaba disfrutando de esa etapa, de ese momento que se va pronto porque empieza a arreciar, cae el agua, baja el barro, vienen las piedras, se despeñan los vecinos con casas y todo, ya no me gusta, como ese día que nosotros también caimos encima de los de abajo y quedamos todos magullados. Lo bueno es que cuando va amainando pasa por esa etapa otra vez, es muy corto, te rocía la cara con puyitas chiquiticas, siempre es así, ese día también.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Decepción

La noche es una estrella en tu cucharilla, esa era la clave, la dijo la persona menos esperada. La niña más linda del pueblo con sus labios carnosos pronunció la frase, además me sonreía. Me paseé por varios escenarios, escapar, mentir, manipular, pero al final le robé un beso y le dí el tiro.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Excusas

¡No lo puedo creer! me traje la chaqueta de Vanessa, tanta planeación y me equivoco en esto, es que hacía frío y la agarré sin fijarme ¿y a mí que me importa si hace frio? ¡qué necio soy! la voy a doblar y la dejo aquí al lado de este tablero con mi identificación, así tendrán que entregársela ¡¿qué estoy diciendo?! seguramente alguien se la lleva… ¡incauto!... ¿y si se la encargo a esa señora de allá? se ve decente… ¡¿y qué explicación le voy a dar?! ¡Ay si no fuera por lo que le gusta esta chaqueta a Vanessa…! ¡Me voy para la casa! ya viene el tren y definitivamente hoy tampoco es mi día de lanzarme.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Regálame 15 días

El ascensor bajaba los 33 pisos. Se estaba tardando mucho, era la hora de cierre en la mayoría de las oficinas de esa torre empresarial y se detenía en casi todos los niveles. Pero Valeria no iba de salida, se dirigía al lobby a darle una excusa a su novio, Tadeo. No iban a salir ese viernes, Valeria tenía que terminar un proyecto que debía quedar listo esa noche.
Se va a molestar, pensó.
Valeria era demasiado entregada a su trabajo. Le dedicaba 14 horas al día y muchos fines de semana. Cuando alguna vez salía con Tadeo se mantenía conectada con la jefa o con quien estuviera en la oficina. Lo más grave era que rompía muchas promesas.
Tengo que dejar de actuar así, pensó. Un día me va a dejar. Discutimos mucho. Yo sé que no basta con llamarlo con frecuencia, no podemos tener un noviazgo telefónico, caviló.

Llegó a planta baja. Se saludaron con un beso y un abrazo.
─Tadeo no te vayas a disgustar…
Y con solo esta frase Tadeo se disgustó.
─No vamos a salir. ─dijo él antes que ella dijera nada.
─Mi amor, esta noche terminamos el proyecto y el lunes…
─Regálame 15 días ─interrumpió.
─¿15 días? ¿No te parece mucho?
─Estoy cansado de esto… Regálame 15 días, nos va a hacer bien…
─¿Qué tienes pensado?
─Un viaje a Margarita, sin peleas, sin teléfonos. ¡Regálame 15 días! A partir de mañana a las 7.
Valeria analizó la petición por unos segundos y contestó dubitativa:
─ ¡Está bien! es buena idea.
Se despidieron como se saludaron y Valeria subió de nuevo los 33 pisos con un frío en el estómago, tenía que convencer a su jefa de que le diera 15 días de vacaciones.

─Mi relación con Tadeo depende de eso María, él ha tenido mucha paciencia, siempre lo dejo plantado.
─¡No puedes dejar la oficina 2 semanas! El lunes entra otro proyecto ─replicó la jefa.
Discutieron largos minutos, finalmente:
─Si no me los das, renuncio.
Y con esa amenaza Valeria consiguió sus vacaciones. Salió de su oficina después de terminar el proyecto, trabajó de manera distinta a sus hábitos, buscando atajos y sin perfeccionismos exagerados.

Pasó la madrugada arreglando maletas. Ilusionada reflexionó: Esto es lo correcto, por eso estoy tan feliz, mi prioridad es mi pareja, no voy a terminar enterrada en esa oficina como María. Amaneció y ella todavía preparaba el viaje. Tadeo no me dijo a qué hora me venía a buscar, pensó preocupada cuando eran cerca de las 7. Lo llamó pero le contestó la grabadora.

Mientras tanto Tadeo entraba al aeropuerto. Se detuvo a saludar a un amigo con el que se cruzó en el largo pasillo.
─¡Hola! ¿Qué haces aquí? ─preguntó Tadeo estrechándole la mano.
─¡Hola Tadeo! Regresando de viaje y tú ¿a dónde vas?
─A Margarita, un regalo de Valeria.
─¡Qué bueno! ¿Y dónde está ella?
─¡Esa es la cosa! Valeria me regalo 15 días fuera de la relación, sin peleas y sin tanta llamadera.







martes, 23 de agosto de 2011

Publicación de Un perro en Pez de plata.

Pez de plata es el suplemento literario de el diario Extra de Monagas, Venezuela. El domingo 21 de agosto de 2011 publicaron un cuento escrito por mí, lo cual agradezco a todo su equipo editorial.

El cuento se llama Un perro. Abajo les dejo el link. Espero lo disfruten.


Los invito a visitar todas las semanas la pagina web de este semanario, es una maravillosa iniciativa que todos deberíamos apoyar.


Carolina


http://www.pezdeplata.com.ve/numero91.html

sábado, 20 de agosto de 2011

Mi yo es inevitable

Flores cortadas por ti
tus súplicas, mi impotencia
una luz extraña, gris
perdona, mi yo es inevitable.

Las olas me bañan
arena que arrastra
el agua me sumerge, me sala
presiona pero no ahoga.

Siguen tus imágenes,
siento tus recuerdos
porque mi dolor soy yo misma
el mar pierde su tiempo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Se llamaba Ramiro

Siempre supo que vivía en una cueva y que se llamaba Ramiro. Era una cueva tibia, de colores sepia cubierta de lodo. Había toda clase de comida, vegetales, frutas. A Ramiro le encantaba probar diferentes sabores, al principio le divertía distinguir entre los salados y los dulces, después pasó a diferenciar el sabor de la manzana al de las uvas o las toronjas.
Había un tragaluz por donde podía ver el sol. La luz lo encandilaba, así que prefería deleitarse con la vista nocturna, las estrellas, a veces la luna, pero lo que más le gustaba era ver la lluvia. Las gotas de agua brillaban mientras caían, formaban un remolino y parecía una flor disparando pétalos en perfecto arreglo. Aprendió a ver las señales que antecedían a aquel paisaje y se acostaba en la tierra, debajo del tragaluz a esperar las primeras chispas.
─Tú crees que todo es muy bello allá arriba, pero no es así.
─Sí, es bello, lo estoy viendo. ─replicó Ramiro, mientras observaba como arreciaba.
─Todo es más difícil allá, a eso me refiero.
─¿Difícil?
─La comida no la encuentras tan fácil como aquí, te cansas, hay que luchar.
─Solo estoy viendo. ─dijo en una disculpa, ya estaba amainando.
─Desde allá arriba la lluvia no se ve así.

Empezó a crecer en Ramiro la fascinación por el mundo de allá arriba y llegó el día en que no pensaba en otra cosa. Sin embargo no se le ocurría la manera de subir.
De tanto fijarse y ver por el tragaluz comenzó a ver siluetas.
─Hay personas allá ─dijo con cierta angustia.
─Sí, pero te aseguro que tú eres más feliz que cualquiera de ellos. ¿Tú has sufrido alguna vez?
─No ─dijo.
─Ellos sí.

Comenzó a ensayar una escalada. Sin un plan específico, impulsado por una necesidad extraña y frenado por una aprensión vacilante. Al principio se cayó varias veces pero volvía a trepar y a medida que venció el miedo se le hizo más fácil. En un momento hizo mucho calor y las ganas de subir se convirtieron en urgencia hizo un esfuerzo enorme y llegó a la boca del tragaluz.
Era más angosto que él. Se atoró. Regresó el miedo y lo hacía percibir cosas extrañas, como que el agujero se hacía más pequeño y lo ahorcaba.
Se estiró para adelgazarse, hizo fuerza, se arañó todo el cuerpo, cayó exhausto al otro lado del tragaluz.
Respiró con todo el cuerpo.
La luz lo enceguecía, era tan intensa que le dolían los ojos, los sonidos lo aturdían, tenía sed, pero a pesar de todo eso las ganas de gritar y saltar eran muy fuertes, sentía una felicidad inexplicable e inmensa.
Estaba viviendo su euforia cuando empezó a llover, era verdad lo que le habían dicho no se veía igual que desde abajo, pero en cambio podía sentirla, las gotas caían sobre su cuerpo y lo lavaban. Por primera vez veía que su piel era rosada y lisa. Sentía el frescor del agua fría, mientras la luz moderaba y lo empezaba a dejar ver a su alrededor. Eran personas, personas que gritaban, muchas personas.
Su vista estaba clara ya y comenzó a buscar el tragaluz. Volteó para todos lados y no estaba. Quería mostrarlo. Asomarse.
Buscó y buscó pero comenzó a olvidar qué estaba buscando.Al poco tiempo ya no recordaba el tragaluz ni nada de allá abajo… ni siquiera que se llamaba Ramiro.

sábado, 16 de julio de 2011

La camioneta amarilla está aquí otra vez

La camioneta amarilla está aquí otra vez
casas juntas, muy juntas
piso que nos quema, petroleo en las aceras
perros ladrando en el extraño silencio de las cuatro.

Caminando, explorando, encontramos los gusanos
tentación, devosión, resulta mentira
zancudos que nos comen, calor en los sabores
vemos, oimos, el reloj está roto.

Agua cristalina, hojas flotando alegres
el deseo expresado, la duda de los maniquies,
¿son falsos los gusanos también hoy?
y la camioneta amarilla está aquí otra vez.

martes, 21 de junio de 2011

Reincidiendo

Tal vez si hubiera preguntado dónde estaba, habría estallado en llanto, tratado de persuadirme o ido a recoger. Pero no preguntó, mi madre solo trató de ponernos al día con los tres meses que teníamos sin hablar. Me contó que iba a ser abuela otra vez, que volvió al bordado y que hacía bailoterapia, yo no le conté que Yolanda me dejó, que me botaron del trabajo y que me embargaron el carro. Colgamos mandándonos besos.
Me vi la cara en el espejo de aquel bar, el mismo de antes, y me tomé el trago que estaba calentando en la mano… el primero en diez años.

martes, 14 de junio de 2011

Una noche cualquiera en el internado

─¿Y cuándo será el incendio?
─¿Por qué un incendio? Podría ser un terremoto.
Hablaban susurrando, sentados al borde de cada cama.
─No, un incendio. Así lo podemos contemplar.
─¿Contemplar? ─dijo sonriendo
─Claro, si no ¿para qué?
─Para que no exista, eso es lo que yo quiero, que no exista este maldito colegio.
─Pero dime ¿cuándo será? ─dijo ávido.
─Un fin de semana o en vacaciones, ya veremos.
Pasó el vigilante así que se acostaron, minutos después un gran estruendo bajo el piso los levantó. Se miraron pálidos.
─No hice nada Alberto, te juro…
Una grieta partía el dormitorio.
─Yo sé, fui yo… me quedé enganchado... pensando en el terremoto…

miércoles, 8 de junio de 2011

Irremediable

Si no aparto los ojos, esa mirada incendiaria me aniquilaría, arrasaría, consumiría.

Me deja saber su odio, me estruja, me aprieta, casi me golpea.

Flota en el aire el hecho de que su labor en sí es desagradable, la obligación a realizarla innecesariamente, la imposibilidad de quejarse.

Nos desgarramos, figurada, literalmente.

Para mi es irremediable, no puedo evitarlo, mi cuerpo camina solo hasta allá.

Cada domingo acudo puntualmente. A pesar que no tengo a nadie a quien visitar en esa cárcel, nunca falto a la requisa.

miércoles, 18 de mayo de 2011

¿No prefieres un cuento?

─Háblame de las cositas chiquitas para las puertas.
Era la hora de dormir y Dayana hablaba con su abuela para relajarse.
─¿Las llaves? ¿No prefieres un cuento?
La habitación estaba en penumbras, los juguetes guardados y Dayana estaba cambiándose de ropa lentamente.
─No, háblame de las llaves.
─Bueno déjame ver… ─dijo mientras recordaba los detalles─ eran unos artículos así de chiquiticos.
─¿Cómo abuela? ¿Tan chiquitos?
─Claro, por eso era que se perdían tanto.
Dayana reía divertida, tratando de imaginarse como era una llave, haciendo preguntas que ya había hecho otros días y otras noches antes de dormir.
─Bueno, eran chiquitas, planas y tenían dientes.
Este era el momento en que Dayana se carcajeaba.
─Pero no eran como estos ─dijo mostrando su perfecta dentadura─ eran así ─dijo dibujando zigzags en el aire.
─¿Y qué hacían con las llaves?
La abuela apartó la colcha, guardó los muñecos y sacó las almohadas extra.
─Las metíamos en unos agujeritos especiales que traían las puertas, las girábamos y abrían… o cerraban.
─Y los ascensores, háblame de los ascensores.
Dayana se amarró el cabello. Lo tenía largo y se le enredaba si lo dejaba suelto al dormir.
─Esos eran unos cuarticos que servían para moverse en los edificios, pero solo verticalmente.
─¡Aja pero cuéntame…!
─Bueno tenían unos botones con números para indicar el piso y una pantallita para que uno supiera por cual andaba.
─¿Y cuando se trancaban? ─preguntó emocionada.
Ya, para entonces, Dayana estaba en la cama arropada, pero espabilada todavía.
─Sí, a veces se trancaban, no abría la puerta o algo así, entonces había que pulsar el botón de alarma, venían los bomberos y te sacaban.
La abuela hacía todo un histrionismo, para mostrarle a Dayana todo lo que le estaba contando.
─ ¿Y cómo hacían para terminar de llegar?
─Subíamos por las escaleras por supuesto.
─¿Y cómo eran las escaleras?
─Igual que ahora. Las escaleras no han cambiado nada, siguen siendo como siempre… ¡Cansonas!
Ya se estaban relajando. La abuela sentada a la orilla de la cama y Dayana había apoyado la cabeza en una de las almohadas.
─¿A ti no te gustan las escaleras abuela?
─Antes había lo que se llamaba escaleras eléctricas.
─¿Eléctricas?
─Esas sí me gustaban.
Ya Dayana tenía sueño, así que no preguntó mas detalles solo dijo:
─Qué bueno que te tengo para que me cuentes esas cosas, mi maestra solo habla de cómo ha cambiado la familia.
─Si supieras que a mí me parece que la familia no ha cambiado.
─¿En serio abuela? ¿Tú piensas eso? ─dijo con los ojos cerrados, en voz baja.
─La familia es un grupo de personas que se aman, se protegen, se ayudan. Si se hacen daño es sin quererlo y si lo quieren no merecen llamarse familia. Eso siempre ha sido así, y siempre será.
Dayana ya estaba dormida pero sí la oyó, entre sueños.

martes, 17 de mayo de 2011

Ella y él

Él abrió la puerta de la habitación con mucho sigilo, entró y la cerró sin que sonara. Era un experto. Vio el reloj que iluminaba en la mesita, eran las dos de la mañana. Ella estaba profundamente dormida.
Él caminó hasta la cama. La meta era acostarse junto a ella sin despertarla.
Ella lo sintió sentarse pero mezcló la realidad con algo que estaba soñando y abrió los brazos. Él se acostó y quedó abrazado.
Para ella era otra hora y otra circunstancia, así que le llenó el cuello de besos. Para él era aprovechar unos mimos que no merecía. Los recibía en lugar de reproches por una conducta indeseada.
Ella comenzó a despertar mientras él decía:
─Mami, te quiero mucho, mucho, mucho.
─Yo también, pero ¿no habíamos quedado que ibas a dormir en tu cama?
─Hoy nada mas…

martes, 10 de mayo de 2011

Solo un paso

Teresa está en el vestidor, faltan diez minutos para que comience la clase y sabe que se van a ir muy rápido. Alguien la apura, ya tiene el traje de baño, se pone el gorro y sale. Está convencida que hoy es el día. Hoy le van a pedir que se lance a la piscina.
Nunca se ha parado en un trampolín, sin embargo sabe que le tiene miedo. Sabe que le aterra brincar al vacío, sin que nada la agarre, la perturba la soledad de sentir el aire por todos lados. Se pregunta “¿qué se oye en una caída libre?”.

─ ¡Salta Teresita!
No puede. Le asalta un pensamiento, “¿si mientras caigo el agua desaparece? ¿y si no es una clase de natación sino que estoy en la azotea de un edificio?”
Mueve los pies dando pasitos cortos, agita los brazos, mira a todos lados.
─Es solo un paso…
No oye mas nada. “Es solo un paso” repite en su mente. Se concentra en esa frase. Arma una escena en la que no está en el borde de una tabla a 3 metros del agua, está en un parque, en el último escalón antes de pisar el césped. Levanta el pie, pero pierde el equilibrio por un segundo, retoma su posición inicial. “No, no es buena idea. Sabía que esto iba a pasar. ¿Para qué vine?” piensa.
Mira a su alrededor, hay unas cien personas observándola, algunas riendo, otras compungidas, todas expectantes. Si pudiera convencerse de que no se va a hacer daño, pero es que el agua no le parece agua, es como un piso azul.
─Yo estoy aquí abajo, yo te atrapo…
El miedo va en aumento, ya no se mueve, al rato descubre que está paralizada. “¿Cuánto tiempo llevo aquí?” se pregunta. Los músculos se endurecen más y más. Está rígida, el cuerpo se le convirtió en una cárcel.
─Vamos a salir de esto Teresita, anda salta ya…
Necesita moverse, liberarse. No puede. “Déjenme salir” grita dentro de su cabeza.
Siente un impulso, más bien una urgencia, sucedió como si rompiera un tubo en el que estaba contenida, de un solo golpe, gritando con todos los pulmones. ¿Cuánto duró la caída? Le dio tiempo de reír a carcajadas, de sentir el aleteo de brazos y piernas en euforia y de comenzar a llorar justo antes de entrar como una bala en el agua helada.

lunes, 2 de mayo de 2011

La puerta abría hacia afuera

Ana corrió las ventanas. Había terminado de limpiar y quería que se fuera el olor a desinfectante y pulitura. Su casa era pequeña, pero tenía cuadros de firma, esculturas valiosas y mucha madera.
En la entrada, en una pared, colgaba un objeto solitario que a primera vista discordaba con el resto del ambiente. Era un plato de aluminio, de los que usan los perros.
Ana lo estaba observando cuando sonó el timbre. Miró el reloj. “Valeria es siempre tan puntual” pensó.
Eran pocos años pero casi no se reconocieron. Las dos habían cambiado mucho, no solo físicamente. Sin embargo, se abrazaron y no pudieron evitar algunas lágrimas. Mientras colocaba la cartera en el perchero Valeria sonreía. Le entregó a su amiga una bolsa con varios regalos.
─Disculpa la facha. Estaba limpiando y tú sabes cómo soy yo. ─dijo Ana.
─Estás muy bien. ─dijo Valeria─ ¡Qué bello tu árbol!
Se acercó al árbol de navidad que presidía la sala. Estaba decorado con flores amarillas. No era casualidad, Ana había escogido el color a propósito, para gusto de su amiga.
─¿De verdad te gusta? ─dijo mientras ubicaba los paquetes.
─¡Parece un araguaney! ─dijo Valeria riendo.
Pasaron un rato hablando de adornos y aunque Valeria caminaba y giraba examinándolo todo no volteaba hacia el plato. Ana llegó a pensar que sí lo había visto y simplemente no le había importado.
─Bueno pero yo llegué antes que los demás invitados para ayudarte. ¿Qué falta por hacer? ─dijo Valeria.
─La ensalada. El pavo está en el horno. Lo demás está listo.
─No me dejaste nada ─dijo riendo y parecía que estaban suficientemente relajadas como para pasar una velada agradable ese día.
Pero al dirigirse a la cocina Valeria lo vio. Se quedó desconcertada viendo el plato. Caminó y puso la cara a pocos centímetros de él, parecía que quería olerlo.
Ana temblaba y se pasaba las manos por la cara. Quiso decir algo pero luego prefirió callarse, le iba a salir la voz entrecortada .
Valeria tomó su cartera y abrió lentamente la puerta, salió, se paró de frente a Ana viéndola a los ojos y dio un fuerte portazo.

miércoles, 6 de abril de 2011

La bicicleta del primo Ritchie

La bicicleta del primo Ritchie… Hacía años que no pensaba en ella. Era roja, brillante, tenía timbre, estaba decorada con unos dibujos, el sillín era negro de cuero y los cauchos eran enormes.

Se la regalaron al primo una navidad que pasamos en su casa, recuerdo el impacto que me causó, no podía dejar de verla, pero no dije nada, no dije que la quería y seguí jugando con lo mío. En ese viaje mi mamá y la mamá del primo Ritchie pelearon y nunca más nos reunimos. Pero antes de irnos el primo Ritchie me vio contemplándola otra vez.

─Algún día será tuya ─dijo sonriendo.

─¿En serio? ─dije incrédulo porque el primo Ritchie siempre me hacía bromas.

─Claro gafo, no ves que todo lo mío te lo pasan a ti. Esa ropa que tienes puesta era mía.



Después de eso pensaba en ella todas las noches antes de dormir. Algún día me montaría en esa bicicleta, sabría lo que es tener ese manubrio entre las manos y pedalearla por horas. Yo tenía unos cinco años entonces y a esa edad lo único que te dejan montar son triciclos. En algún momento, sin darme cuenta, la olvidé.



Pero aquel día, mi mamá nombró al primo y yo recordé la bicicleta.

─Le compraron una moto a Ritchie ¡cómo hacen eso con un niño de dieciséis años!

Me enseñó la foto en la computadora, era un perfil en una red social y yo me puse a revisar todas las fotos a ver si veía una donde apareciera la bicicleta, pero no, no había ninguna. Le envié un mensaje, le pregunté si todavía la tenía. No me respondió pero seguro lo leyó porque el día siguiente mi mamá me dijo:

─Ritchie te mandó una bicicleta con tu papá, dijo que tú se la pediste.

Mi papá estaba en la ciudad por negocios.

─No, él me la había ofrecido, yo solo le pregunté ─dije pensando que estaba en problemas.

─Tu papá te la trae el sábado ─dijo sonriendo.

Fueron los tres días más largos de mi vida.



Corrí con todas mis fuerzas, estaba en la plaza del pueblo cuando vi pasar la camioneta de mi papá. Cuando llegué a la casa me dieron muchas ganas de llorar, no había ninguna bicicleta en la batea. Me pregunté qué había pasado, podía ser que el primo Ritchie se arrepintió, que mi papá no la quiso buscar, que estaba mala. Respiré profundo antes de entrar a la casa.

Mi papá estaba sentado en el sofá. Me saludo muy contento, estaba bebiendo una cerveza.

─¿Y qué pasó con la bicicleta? ─pregunté.

Se puso una mano en la cabeza.

─¡La bicicleta! ─dijo con la boca abierta.

Un olvido era mejor que las opciones que había pensado, no sería hoy pero por lo menos todavía podía tenerla, así que sentí alivio.

Mi papá estaba serio, me veía fijamente. Yo lo observaba también absorto mientras pensaba como convencerlo para buscarla en un día próximo y de pronto me di cuenta que debajo de esa expresión había una sonrisa. Comencé a sonreír yo también y al rato ya mi papá se estaba carcajeando.

─Pero no te traje esa bicicleta vieja, era muy chiquita para ti ─dijo mientras caminaba hacia la camioneta─ la vendí y te compré una nueva.

Sacó una caja de la batea.

─Llama a tus amigos para que nos ayuden a armarla ─dijo con entusiasmo.

Vinieron dos de los muchachos que estaban siempre en la plaza y los tres nos quedamos hechizados cuando mi papá sacó las partes de la caja. Era plateada con unos detalles en verde, a medida que iba quedando lista descubríamos los detalles, tenía un compartimiento para poner el envase del agua, accesorios en el manubrio y otras cosas pero lo que más nos maravilló fue un resorte que tenía debajo del sillín. Después de no tener ninguna, tenía la mejor entre mis amigos. Era alta mi bicicleta, cuando me subí tuve que estirar mucho las piernas y cuando arranqué se me soltó por un instante el pedal del pie, pero no me caí, logré avanzar y vi la cara de orgullo de mi papá.

Mis amigos fueron a buscar las suyas y nos fuimos hasta la plaza, dimos varias vueltas y todos los que allí estaban me miraban, era la bicicleta más bella del mundo. En un momento dado voltee a ver a mi público y la vi. Era la bicicleta del primo Ritchie. Me quedé alelado, estaba igual que aquella vez, no lucía vieja, tenía una de las calcomanías del guarda-cadenas despegada de un lado, era lo único diferente. Me tuve que detener. Todavía la observaba cuando el niño que la tenía arrancó, sabía montarla, daba vueltas rápidas y ágiles. Yo todavía no dominaba la mía así. Me dio algo de tristeza, no sé por qué, así que invité a mis amigos a bordear la iglesia.

Pedaleamos duro y el lado derecho de la edificación era en bajada, agarramos bastante velocidad, yo acomodé los brazos de una manera que me entraba el aire por dentro de la franela y vi que mis amigos me imitaron, todos sonreíamos dándole la cara al aire.

Para regresar a la plaza pagamos el precio, nos tocó la subida, así que llegamos cansados y sedientos. Bebimos agua en un kiosco y nos mojamos la cara, eso nos refrescó pero mis amigos dijeron que se iban a su casa porque ya era hora de almorzar. El sol estaba fuerte a esa hora y la plaza empezó a quedar, poco a poco, desierta.

Pero el niño de la bicicleta del primo Ritchie no se fue, parecía que esperaba que lo recogieran porque estaba sentado a la sombra con la bici acostada a un lado. Me acerqué y le conté mi historia con ella. Se sonrió y me preguntó cosas de la mía, que para qué era el resorte, que por qué no había llevado agua en ella, qué parecía “galáctica”. Le dije que le podía arreglar lo de la calcomanía, saqué mi llavero que tenía una navajita y le recorté la orilla, ya no parecía despegada, quedó perfecta.

─Gracias ─dijo el niño.

─De nada ─contesté.

Era difícil determinar si éramos amigos ya. Pero no me podía tardar más porque tal vez ya se iba.

─¿Te gusta mucho mi bici? ─pregunté.

─Sí, mucho. ─me contestó con los ojos saltones, eso me dio ánimo.

─¿Quieres que las cambiemos? ─dije.

─¿Cambiar las bicicletas? ¿Para siempre? ─preguntó muy extrañado.

─Sí, yo te doy esta, la galáctica, y tú me das…

─Jamás cambiaría esta bicicleta ─me interrumpió.



Al rato me fui caminando, rodando la bici a mi lado y pensando que mi casa quedaba muy lejos.

martes, 29 de marzo de 2011

Dos regalos, uno para niño y otro para niña

El príncipe


Había una vez un príncipe. Bueno no era un príncipe de verdad, con corona y reino pero lucía como un príncipe, caminaba como un príncipe, hablaba como un príncipe y sobretodo sonreía como un príncipe.Es muy importante destacar la sonrisa porque esta era una de las dos cosas que lo hacían parecer un príncipe, sonreía iluminándolo todo, sonreía con toda la cara y expresaba en esa sonrisa una gran belleza, serenidad, dulzura, picardía, inteligencia. Cuando sonreía era un príncipe, no había duda.También estaban los abrazos, abrazaba con todo el cuerpo, suave y a la vez fuertemente, transmitía todo el amor que sienten los príncipes como él, cuando abrazaba definitivamente era un príncipe.Mucha gente se daba cuenta que era un príncipe pero no lo decían en voz alta, solo manifestaban simpatía por él. Otros no se daban cuenta, creían que era muy especial pero no lo veían como un príncipe.Una vez, se acercó a su mamá y le dio un abrazo, el abrazo de príncipe, además cuando ella lo vio él sonrió, la sonrisa de príncipe.Ese día sí tenía una corona y un reino, era todo un príncipe.


La niña que era extremadamente bella


Había una vez una niña que era extremadamente bella, su extrema belleza provenía de un poder que tenía, en realidad ella era bella pero cuando ejercía ese poder se veía extremadamente bella. Su papá y su mamá casi siempre estaban afectados por el poder, las demás personas se afectaban solo a veces, la mayoría de las veces cuando ella ponía una voz especial que lo incrementaba. También había un gesto de la cara, que hacía que se pusiera extremadamente bella, era un gesto de ternura, de indefensión, la hacía ver que necesitaba que la consintieran, una vez una maestra estaba bajo el poder y la cargó a ella, y solo a ella, un largo trayecto hasta el salón de clases a pesar de que había 45 niños mas que también querían que los cargaran, ese día estaba extremadamente bella para todos. Con todo, en el colegio era donde menos poder tenía, porque había otros niños que tenían poder también y lucían extremadamente bellos, a veces se quedaba sin nada de poder, en esas ocasiones lucía simplemente bella. Si, ella sabía que tenía ese poder y sabía varias maneras de usarlo, pero cuando las personas veían que ella sabía que estaba usando el poder, entonces se veía más extremadamente bella todavía. Una vez se puso un trajecito de bailarina, era color lila, un color que la hace ver extremadamente bella, pero además tenía lentejuelas y tul, había varios incrementadores del poder como el gesto en la cara y la vocecita especial. Ese día mamá la vio por el retrovisor del carro, tenía más poder que nunca, estaba ¡extremadamente bella!

martes, 22 de marzo de 2011

Él es algo así como mi dueño

Él es algo así como mi dueño, posee hasta mis pensamientos, si me abandona dejo de existir.
Yo pensé que nunca me iba a pasar, que nunca iba a conocer a alguien así, pero aquel día en el parque él apareció en mi vida y la cambió radicalmente, había ido a pasar el rato en un banco por que era muy temprano para volver a mi casa, él me pidió permiso para sentarse a mi lado. Era el tipo de hombre que jamás se fijaba en mi, vestido de corbata, olía a un perfume que no conocía y tenía una carpeta con unos papeles que parecían muy importantes.
Como él se mostró simpático me atreví a preguntarle a qué se dedicaba, me explicó que era gerente de una agencia de empleo, no lo podía creer ¡una agencia de empleo! Yo estaba desesperada buscando uno, mi madre me preguntaba todos los días si estaba de "verdad" buscando, especialmente cuando me veía comiendo, además me recordaba a toda hora los gastos de la casa.
Pensé en aprovechar la oportunidad, debía ser el destino que me mandó a un gerente de una agencia de empleo para que me hiciera amiga de él, así que empecé a buscar temas de conversación, cuando lo creí oportuno le dije que estaba buscando trabajo, él me contó que su agencia se especializaba en buscarle trabajo a domésticas en el exterior y yo no tenía facha de doméstica, que debía buscar empleo de modelo o actriz de televisión, ¡Dios! nunca me habían halagado tanto, sentí el rubor en las mejillas, estaba tartamudeando y temblando, era tan elegante y buen mozo y pensaba que ¡yo podía ser modelo! si supiera donde vivía, yo no tenía nada, un empleo de doméstica era ganarme la lotería, pero yo había oído que era así, un día llegaba un hombre que se da cuenta que tú vales, que te ve como nadie te ve y estuve segura que eso era lo que me estaba pasando, mientras tanto él se fue medio apurado, indudablemente lo volvería a ver.
El día siguiente volví al mismo parque, él pasó caminando pero no se detuvo, me saludó con la mano y siguió, esa noche en la cama me reproché no haberlo detenido, ya tenía el discurso preparado, lo iba a convencer de que me consiguiera empleo, sí de doméstica, lamentaba decepcionarlo pero eso era a lo que yo aspiraba, me imaginé que me lo conseguía y tiempo después me rescataba de él, me confesaba su amor, se casaba conmigo y nos íbamos a vivir a una casa grande, seguramente un ejecutivo como él vive en una casa enorme pensé, en realidad estaba medio soñando.
Días después lo volví a ver, estaba sentado en el mismo banco en que nos conocimos, empecé a hablar pero él me interrumpió, en realidad, me dijo, mi agencia es muy exclusiva, solo aceptamos aspirantes muy bien calificadas, con muy buenas recomendaciones, necesitamos que sean cultas, preparadas, bellas, dispuestas a hacer todo, tú tienes algunas de esas cualidades pero no tienes recomendaciones. Yo estaba decepcionada. ¿Cómo podía ser eso? ¿Tantos requisitos para un empleo de servicio doméstico? él me explicó que era muy buena la remuneración, que a las muchachas les cubrían todos los gastos y podían mandar el sueldo completo para su casa, pero había que tener cuidado a quien contrataban, me contó que el gerente que estaba antes que él lo despidieron por que una muchacha se fue de la casa donde la asignaron, él no se podía arriesgar a que le pasara lo mismo.
Ese día me invitó a pasear. Hablaba de cosas tan bonitas, de paisajes, de gentes de otros países, su voz era dulce y sonreía con toda la cara. Yo traté de agradarle, dije lo que me pareció más inteligente y me dio resultado por que cuando nos despedimos me dijo que sentía que me conocía, que él sabía que yo era una persona de fiar, que él podía ser mi recomendante. Le di un abrazo, estaba muy emocionada, pero enseguida él agregó algo que me desilusionó otra vez me dijo que el otro aspecto a resolver eran los gastos del viaje, había gastos de pasaje, hospedaje, comidas, visa, que el aspirante tenía que desembolsar antes de salir, claro eso era nada comparado con lo que iba a ganar.
Rompí a llorar, él me consoló un rato y de pronto me dijo: saca el pasaporte y ya veremos. Quise saber a qué se refería y me dijo que me conseguiría un préstamo con la compañía. Lo volví a abrazar.
El día que fui a entregarle el pasaporte estaba feliz, me provocaba brincar en plena calle. Por esa época yo me preguntaba si ya éramos novios porque nos veíamos todos los días y nos besábamos en la boca, además ya me había hecho varios regalos y me hacía preguntas acerca de mi familia, se mostraba muy cariñoso y me decía muchos piropos, nunca nadie me había tratado así.
Me mostró un contrato, lo iba a firmar esa misma tarde y en una semana estaría en el exterior en mi nuevo empleo, me dijo que en un mes estaría mandando el primer giro a mi familia, me imaginaba la cara de mi madre, ya no me iba a tratar mal, seguramente hasta me adularía, pensé.
El día que salimos de viaje él me dio la sorpresa de que iba a viajar conmigo, me sorprendió como iba vestido, ya no estaba tan elegante, vestido así parecía uno de mi barrio, pero pensé que era por comodidad, había muchas muchachas igual que yo, todas estaban emocionadas por el viaje y todas parecían enamoradas de él, pensé que era tan bello que todas lo querían y que yo era muy afortunada si lograba que estableciéramos una relación.
Después del viaje en avión nos quedamos en un hotel, íbamos a seguir por carretera el día siguiente, él tocó la puerta de mi cuarto, yo estaba brava, una de las muchachas se le insinuaba, lo tomaba del brazo y él la dejaba, como única explicación me dijo que era yo la que lo tenía enamorado, así que me quité la ropa y lo dejé que me hiciera el amor, cuando se fue me dejó dinero, eso me incomodó, pero me explicó que no quería que me faltara nada en el viaje y lo tomé.

Cuando comenzó la pesadilla él me recordó ese día, me dijo: yo te pagué por sexo, así que supe en que casa te iba a poner a trabajar. No lo podía creer, lucía tan distinto, ¿dónde estaban todas las frases encantadoras? además me dijo que cuando me describió el trabajo me indicó que había que hacer de todo y yo le rogué. Me rogaste que te metiera a puta, me dijo, tú sabías de qué se trataba.
No, yo no sabía, pero es que yo no siempre entiendo lo que me dicen, él siguió recordándome que había adquirido una deuda, la deuda del viaje, y que en el país en que estábamos el que no pagaba con dinero pagaba con cárcel, además estaba ilegal en el país, mi visa no era verdadera y me iban a acusar de falsificadora, me recordó que sabía donde vivía mi familia y le iba a contar a mi madre que había ido a trabajar de prostituta, en ese momento lo detuve, le puse la mano en la boca y comencé a llorar, yo prefería la muerte antes que él hiciera eso.
Repentinamente cambió, volvió a ser el de antes, me dijo que si yo hacía lo que él me decía nadie me iba a hacer daño, ningún policía se me iba a acercar, nadie me iba a molestar y nadie en mi país se iba a enterar, así que desistí de irme, lloré, lloré desesperadamente pero también me sentí protegida, estaba en un ambiente hostil y él era mi único amparo, lo único que tengo que hacer es no contradecirlo, comprendí, me quiere, de lo contrario no me cuidaría tanto.
Me sequé las lagrimas para recibir al primer cliente, él me abrazó cariñosamente, te amo, me dijo, y me contó que él también estaba atrapado que lo mataban si se salía de esa agencia o si no conseguía muchachas, me prometió que algún día nos íbamos a ir los dos, entendí muchas cosas, lo comprendí.
Él es algo así como mi dueño, posee hasta mis pensamientos, si me abandona dejo de existir.

miércoles, 16 de marzo de 2011

UNA TELA NEGRA Y DURA


Se llamaba “Esmeralda”, un nombre inusual para una tienda de telas. El local era largo y angosto, bien distribuido, ordenado. Había una gran cantidad de mercancía. Yo era la encargada y cajera. Además había tres vendedoras.
Era temprano en la mañana. Entró el primer cliente del día, Una muchacha joven y bonita. Me llamó la atención que no llevaba cartera. Lucía algo tensa, aunque trataba de disimularlo.
Le preguntó a Gladys, una de las vendedoras, por una tela negra dura.
─¿Para qué la necesita? Preguntó Gladys.
─Si la pongo en el suelo formando un tubo y se queda parada, me funciona. ─respondió.
─¿Va a hacer un tubo de tela?
─No, el tubo es para probar si me sirve.
Francis y Ana, las otras dos vendedoras se pusieron a sugerir nombres de telas y entre las tres sacaron varios rollos, ninguno servía.
─Si nos dice para que la necesita quizá podamos conseguirle algo idóneo ─dijo Ana.
─Es que es difícil de explicar ─dijo la clienta pasándose nerviosamente la mano por su cabello.
─Francis recordó una tela que estaba en el depósito, la habíamos traído por encargo, era negra y dura. El cliente no había querido la parte final del tubo porque estaba arrugada. Cuando la clienta la probó respiró aliviada.
─También voy a necesitar ocho botones plateados ─dijo.
─En la caja se los despachan ─dijo Francis mientras metía la tela en una bolsa.
Llegó a la caja, me pidió los botones y dijo que sí a los primeros que le mostré, mientras le cobraba quise aprovechar de preguntarle para que era la tela, fingiendo no haber oído que ya se lo habían preguntado. Hizo un gesto como para contestar pero nunca sabré si era la respuesta u otra evasiva. Un hombre alto, blanco de chaqueta y lentes oscuros le preguntó desde la puerta:
─¿Por qué tardas tanto?
─Ya estoy pagando ─dijo ella. Tomó su vuelto y salió junto al hombre.
Sin saber por qué las cuatro nos quedamos absortas, observándolos alejarse.

viernes, 11 de marzo de 2011

¡Ni siquiera te habló del tema!

Estaba rayando los cristales con pintura de uñas cuando Laura gritó:
─¡Niña!
Yo me reí. Los días anteriores los había pintado con creyones, tempera, marcadores pero ella siempre los limpiaba muy fácilmente. Esta vez le iba a costar más.
Es que molestar a Laura me quita la rabia. Por un momento me olvido que estoy sola con ella. O tal vez pienso que si la fastidio lo suficiente se irá.
Pero no siempre me sale bien. Hace unos días unté con mantequilla todos los platos limpios. Estuvo una hora fregando mientras me amenazaba con hablar con mi papá. De pronto volteó y me dijo brava:
─¿A tu mamá no le harías esto verdad?
Se me borró la sonrisa. Me dio tristeza y después rabia.
Esa tarde, eran las cuatro y los cuadernos estaban sobre la mesa con la tarea sin hacer, como todos los días, pero Laura no me había dicho nada. Me extrañó mucho. ¡Estaba hasta contenta! Pensé que tal vez sí me acusó, aunque no la oí hablar por teléfono. A ella le gusta hacerme regañar con mi papá.
Me provocó amenazarla. Yo también puedo decir cosas de ella: Que se comporta como la dueña de la casa cuando estamos solas, que vienen sus amigos, que dice groserías. No sé porque no le digo esas cosas a mi papá, lo pienso pero no se lo digo. Lo único que hago en su contra es burlarme de ella.
Mi papá entró muy sonreído con una bolsa de galletas en la mano. Feliz corrí hacia él. No me equivoqué, estaba contento. Laura dijo que yo no había almorzado. Él pareció no oírla.
Me sostenía en sus brazos. Olía a colonia y a sudor. Estaba un poco acalorado. Nadie me abraza como mi papá. Nos sentamos a ver televisión y a comer galletas. Laura nos veía y oía desde el otro lado del largo salón.
A mi papá le interesaban los personajes de las comiquitas. Me preguntó nombres y qué hacían. Yo le expliqué todo. Cuando le conté de una niña bella e inteligente él me dijo que yo era más bella y más inteligente. Me dio muchos besos.
─Todo va a volver a ser como antes ─dijo─ te lo prometo. Yo sé que te hace falta tu mamá y yo también debería estar más aquí. Pero vamos a ser felices otra vez. Eso es seguro. Voy a terminar lo más pronto posible este trabajo y después vamos a hacer un viaje. Tú me ayudas mucho ¿sabes? porque me inspiras.
Le pregunté que es “inspiras” y él estuvo un rato explicándome la palabra. Sentía algo en la barriga por todo lo que me dijo.
─Tu mamá quiere que te portes bien ─me dijo en voz baja, como un secreto.
Ya se tenía que ir otra vez. Laura lo acompañó a la puerta. Hablaron. No distinguí las palabras a pesar que me estiré mucho. Después ella entró a la cocina unos minutos. Cuando regresó al salón dijo sorprendida:
─¿Estás haciendo la tarea? ¡Qué raro! ─dijo con la boca abierta y cierta burla─ tu papá… ¡ni siquiera te habló del tema!
No importa lo que diga Laura, yo gané ese día y claro que me habló del tema.

martes, 8 de marzo de 2011

Paula y el rescatista

Iba caminando por un sendero cuando se distrajo viendo un detalle del paisaje. Cayó por un precipicio, unos cinco metros. Se raspó los brazos y piernas con la tierra áspera. Nada grave. Se levantó y siguió caminando en paralelo al sendero por donde venía.
─¡Ey tú allá abajo! ¡Tienes que subir!
─¿Subir?
─Estás en el fondo del precipicio. No te preocupes yo te guío para que subas. Vas a tener que hacer un esfuerzo pero es perfectamente posible que lo hagas sola. Yo te guío desde aquí. ─dijo el rescatista.
─Yo no estoy en ningún precipicio ─dijo Paula y siguió caminando.
─¡No te alejes más! Por aquí tienes más oportunidad. Empieza a subir.
─Usted está loco. Déjeme en paz.
─Mira a tu alrededor ¿Es el mismo sendero por donde venías caminando? Observa un rato y si insistes en que vas bien te dejo tranquila.
Paula obedeció. Observó detenidamente. Notaba algo raro. El paisaje a lo lejos era muy parecido pero de cerca era totalmente distinto al que se veía desde el sendero. Sí, recordaba el traspié. Se vio los raspones. Había caído por el precipicio.
Una señora cayó a su lado. Le pasó exactamente lo que a ella. Estuvo un rato en el suelo quejándose y revisándose. Luego se levantó y comenzó a subir. La vio llorar de dolor. La tierra era áspera y le lastimaba las heridas que se había hecho al caer. Sufría mientras enterraba las manos en la tierra. Finalmente lo logró.
─Yo no puedo. No puedo hacerlo sola.
─Claro que puedes. Yo te digo donde poner las manos y los pies.
─Es muy difícil. Me va a doler.
─Pero no te puedes quedar ahí. Te vas a morir de hambre y frío. Es difícil la subida pero no imposible.
─¿Para qué me dijiste?
─¿Ah?
─Yo estaba muy tranquila. Era feliz. Ahora sé que estoy acá abajo y tengo que subir ─dijo con desesperación.
Se sentó en la tierra a llorar. No podía ni siquiera intentarlo. Le dolían mucho los raspones.
─Voy a bajar a buscarte ─dijo el rescatista.
Le tomó un tiempo prepararse para bajar. Buscó arneses, cuerdas y alguien para que lo ayudara. Mientras tanto observó a otras personas caer y subir por el precipicio.
─No entiendo porque ella no puede ─dijo en voz baja.
Bajó cabeza abajo con los brazos libres para esquivar la tierra y para tomarla a ella.
─Agárrate de mí ─dijo
─No puedo.
─¿Cómo que no puedes? Sólo agárrate.
Paula estaba paralizada de miedo. Agazapada contra un árbol, decía que no con la cabeza.
─Toma mi mano ─dijo el rescatista
Paula no se movía.
Haciendo un esfuerzo se balanceó con la cuerda para poder alcanzarla, la tomó por un brazo y la haló hacia él. La rodeó por la cintura e hizo la señal para que lo subieran. La levantó un metro pero no aguantó, Paula se le resbaló y se golpeó al caer.
Lloraba acostada en el suelo. Se preguntaba por qué estaba en aquel problema. Por qué le pasaba eso a ella. Quería seguir caminando. Caminando como si estuviera arriba en el sendero.
El rescatista comenzó a bajar. Sin arnés. Le explicó que quería ponerse en la misma posición de ella para motivarla a subir. A su lado iba a ser más fácil. Iban a subir los dos juntos.
Paula se escondió en unos matorrales, lloraba en silencio. Observaba al rescatista buscarla con agitada impotencia.
Finalmente él desistió y comenzó a subir. Hizo solo todo el esfuerzo que iba a compartir con ella. También él estaba llorando.
Paula esperó un rato hasta estar segura que el rescatista se había ido. Comenzó su caminata. Iba contenta, canturreando.