Blog de Carolina Rangel



Cuentos, microcuentos y poemas.



Escribir no es para mí una necesidad. Es un estado natural. Algo que fluye sin esfuerzo y eso me sorprende.



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viernes, 27 de julio de 2012

Los piojos



No me acuerdo, no logro recordar en qué momento se volvió esto un problema para mí, cuándo me dominó. Poco a poco la cantidad de piojos que tenía en la cabeza fue aumentando y se hizo incontable, yo decía que me hervía la cabeza de insectos porque la sentía caliente y se movían como en ebullición.
Un detalle que me parece muy extraño es que no contagiaba a nadie, los piojos saltan de cabeza en cabeza pero los míos no me abandonaban, con catorce personas en mi casa es increíble que la única piojosa era yo, pero así era, ni mis hijos, yernos, nueras tenían piojos, incluso los siete nietos que dormían conmigo, porque no querían dormir con sus padres, tampoco tenían.
La gente no me creía pero no me los podía sacar, si me los arrancaba se me metían por las uñas y yo no quería echarme nada, nunca me han gustado los químicos. La única solución que encontré fue amarrarme el pelo con un pañuelo, tenía que apretarlo fuertemente porque si no se me salían por los lados y me hacían pasar vergüenza con los vecinos.
El día de la cena fue muy desagradable, estaba haciendo la comida, en la mesa estaban los hijos: los políticos, los de sangre y los de crianza o sea los nietos, todos esperando  que sirviera y los piojos comenzaron a caminarme por el cuerpo, bajaban por los brazos y las piernas, subían por la espalda y volvían a la cabeza, no se separaron de mi cuerpo pero estaban como alborotados, alterados y yo me perturbé, no sé si estaba brava, tendría que analizarme pero el hecho fue que me quedó horrible el pasticho, nadie se lo terminó de comer, eso fue lo único que les llamó la atención, lo maluco del pasticho, nadie vio los piojos, menos mal.
Todos aquí consideran que nunca me los pude quitar de encima, que ellos ganaron pero no es así, ya no los tengo. Tuve que morirme, es verdad, pero finalmente se fueron cuando mi cuerpo ya no les dio más sangre que chupar, cuando no quedaba nada en mí que aprovechar, ellos se marcharon, los chiquitos se fueron con los grandes, algunos estaban resignados, otros bravos pero se fueron todos, a resolver sus vidas, a ver el mundo.