Querida tía Estela
Le escribo esta carta porque me parece de muy mal gusto darle una noticia como esta por teléfono. Imagínese que Katiuska me sugirió que le mandara un texto. ¡Por Dios! A usted tía Estela que es de lo más clásica. Le dije: “Si hago algo así, mi tía Estela me retira el habla mínimo por un año”. Estoy segura que una carta es lo más indicado.
Bueno tía voy a empezar el cuento. Lo de cuento es un decir porque sucedió de verdad, una tragedia tía. Usted me había dicho que nos mudáramos de ese barrio. Era un buen consejo pero es que a mí me gustaba mucho como se veían las estrellas de noche y el frío que hacía, yo me sentía como que estaba en el norte, jaja. Ay perdone que le escriba la risa como si fuera un mensaje de texto. Como le decía, a mí me gustaba mucho ese cerro, aunque yo sé que era muy feo el barrio. Pero con decir que uno vivía en otro lado era suficiente ¿verdad?
Le estoy hablando del barrio en pasado y ya usted debe estar asustada. Ya le había dicho que era una tragedia. Es una tragedia. Tanto que va a tener que buscar un carro que la traiga para acá. Tiene que buscar dónde quedarse tía, yo no le voy a poder hacer el favor. De todas maneras, a usted no le gustaba subir hasta mi casa y cuando lo hacía se escondía para no ver a mis vecinos.
Lo que le voy a contar es lo que le pasó a Rodrigo. Rodrigo… tan bello ese nombre. No se me olvida que usted se lo puso. Yo lo iba a llamar Yorvin. Me extrañó tanto ese día que usted se ofreció a acompañarme al registro. Le confieso que me quedé petrificada cuando usted exclamó con esa voz tan fuerte: “¡Rodrigo!” Jaja el funcionario me vio la cara y como a mí no me salió el “Yorvin”, él escribió Rodrigo. Tía disculpe que volví a poner jaja.
Ese muchacho sí me salió bueno, así como usted dijo que iba a ser. Lo único es que no le gustaba ayudar en la casa y eso sí que era malo porque ahí había que cargar agua desde abajo y nunca en toda su vida Rodrigo subió un tobo de agua. Como usted le decía que era un doctor…
Cuando sucedió la tragedia, él estaba sentado en el primer escalón del cerro, en lo más abajo, esperando que yo llegara con el tobo. Entonces comenzó a caerle la tierra encima. Me cuentan que al principio no era mucha. La gente se reía porque Rodrigo se quedó quietecito. Lo único que tenía que hacer era dar un paso para cualquier lado. Tal vez era sabroso sentir los primeros granos ¡quién sabe!
Lo que pasa es que la flojera es una cosa seria. Rodrigo no quería hacer nada. Yo sé lo que me va a decir: Que un muchacho con tanto porvenir no se debe poner a hacer oficios. Pero en este caso no era sino que se moviera, que se quitara de ahí. Después fue peor.
Los vecinos me llamaron alarmados cuando el chorro de tierra estaba más fuerte. Ya el muchacho casi no se veía y yo me puse a gritarle: ¡Quítate Rodrigo! Y la tierra caía y caía. Y Rodrigo seguía quieto, creo que a esas alturas ya no se podía mover o tal vez era que tenía mucha confianza en que el chorro se iba a cerrar en cualquier momento, no sé.
Era lógico pensarlo tía, analícelo bien. Cualquiera hubiera predicho que la tierra se iba a acabar y el único problema que íbamos a tener era lavar la ropa. ¿Sabe que ropa tenía puesta ese día? El conjunto aquel que usted le regaló, el que es de diseñador. Ya casi no le servía pero era su preferido. Lamento decirle que se perdió, no se lo vamos a poder pasar a ningún primo, disculpe.
Bueno pero continuando, Rodrigo seguía debajo del chorro de tierra. La tierra del cerro caía y caía y ya no se veía nada. La gente del barrio estaba en un solo grito, corriendo en círculos, nadie sabía qué hacer. Yo estaba histérica con mi tobo en la mano cuidando que no se botara el agua. En unos minutos nomás el cerro desapareció. El barrio desapareció. Rodrigo desapareció. No lo vimos más. Toda la gente se quedó alrededor de la escena pero no había nada que ver. Yo solté el tobo de agua. ¿Para dónde lo iba a llevar?
Tía déjeme saber qué día llega y a dónde. La necesito aquí ¿sabe? Como siempre no sé hacer nada sin usted, ni siquiera llorar. Además, yo la quiero mucho. Aprovecho para pedirle perdón por haberme ido de su casa hace años, yo sé que ya se lo había pedido pero le confieso que esa vez no fui sincera. Disculpe la mentira. La espero entonces. Bendición.
Rocío.
Blog de Carolina Rangel
Cuentos, microcuentos y poemas.
Escribir no es para mí una necesidad. Es un estado natural. Algo que fluye sin esfuerzo y eso me sorprende.
Bienvenidos los comentarios.
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martes, 29 de enero de 2013
viernes, 27 de julio de 2012
Los piojos
No me acuerdo, no logro recordar en qué
momento se volvió esto un problema para mí, cuándo me dominó. Poco a poco la
cantidad de piojos que tenía en la cabeza fue aumentando y se hizo incontable,
yo decía que me hervía la cabeza de insectos porque la sentía caliente y se movían
como en ebullición.
Un detalle que me parece muy extraño es
que no contagiaba a nadie, los piojos saltan de cabeza en cabeza pero los míos
no me abandonaban, con catorce personas en mi casa es increíble que la única piojosa
era yo, pero así era, ni mis hijos, yernos, nueras tenían piojos, incluso los
siete nietos que dormían conmigo, porque no querían dormir con sus padres,
tampoco tenían.
La gente no me creía pero no me los podía
sacar, si me los arrancaba se me metían por las uñas y yo no quería echarme
nada, nunca me han gustado los químicos. La única solución que encontré fue
amarrarme el pelo con un pañuelo, tenía que apretarlo fuertemente porque si no
se me salían por los lados y me hacían pasar vergüenza con los vecinos.
El día de la cena fue muy desagradable,
estaba haciendo la comida, en la mesa estaban los hijos: los políticos, los de
sangre y los de crianza o sea los nietos, todos esperando que sirviera y los piojos comenzaron a
caminarme por el cuerpo, bajaban por los brazos y las piernas, subían por la
espalda y volvían a la cabeza, no se separaron de mi cuerpo pero estaban como
alborotados, alterados y yo me perturbé, no sé si estaba brava, tendría que
analizarme pero el hecho fue que me quedó horrible el pasticho, nadie se lo
terminó de comer, eso fue lo único que les llamó la atención, lo maluco del
pasticho, nadie vio los piojos, menos mal.
Todos aquí consideran que nunca me los
pude quitar de encima, que ellos ganaron pero no es así, ya no los tengo. Tuve
que morirme, es verdad, pero finalmente se fueron cuando mi cuerpo ya no les
dio más sangre que chupar, cuando no quedaba nada en mí que aprovechar, ellos
se marcharon, los chiquitos se fueron con los grandes, algunos estaban
resignados, otros bravos pero se fueron todos, a resolver sus vidas, a ver el
mundo.
viernes, 16 de marzo de 2012
Velorio
Y además nos hace daño, pensé, mientras mamá se deshacía en elogios para mi padrastro. Las dos sabemos que tiene que fingir, pero no exagerar. Además, ella es muy optimista, cree que ya nos libramos y no es así: falta un paso. Pedí, por enésima vez, que me alzaran para verlo, quiero grabarme su cara antes que se transforme. Esta noche, cuando aparezca, estaré preparada. Con los vivos no he podido, pero a los muertos sí sé cómo arreglarlos.
Por eso estoy aquí
Igual que lo hacen las ballenas diseñé para mí una vida solitaria y nómada. Buscaba siempre el mejor clima y me detenía solo para suplir mis necesidades. Di la vuelta al mundo tres veces, hasta que se me atoró el pie en este hueco. Rápidamente se me hinchó porque yo trataba de sacarlo a la fuerza y no me importaba dañarlo. Entonces una tarde él llegó y construyó una casa alrededor de mí. Mientras cantaba una melodía tomó una pantufla y suavemente abrigó mi otro pie. Ese día dejé de luchar.
jueves, 19 de enero de 2012
Pesada
Y no intentes escabullirte, que no te va a servir de nada. No lo puedes postergar más. Ya sé que soy desagradable, ácida, siempre inoportuna. Nadie me ha soportado en ciento cinco años. ¡Nadie! Pero tú tienes que tomarme… ¡no me pueden enterrar viva!
domingo, 18 de diciembre de 2011
Manicomio
“Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo” dijo y la frase me espabiló. Busqué su rostro en medio de aquella multitud: estaban mis tíos, el vecino y aquel profesor de latín. Luchaba contra el letargo. Oía su voz y lo veía manotear. Sentí un beso y me lo bebí desesperada. Noté que me sobaban y me di cuenta que no era él, él no haría eso. Mi lengua pesaba pero sé que conseguía hablar. Nadie me entendía. No lograba enfocar tampoco. De pronto me elevé en sus brazos. Ví cómo dejabamos atrás el edificio. Sonreí. “Ya puedo dormir”, dije para mí, “él ganó”.
martes, 22 de noviembre de 2011
En la mesa de noche
Por fin quietas, las agujas de tejer descansaban de tanto dar calor: no más suéteres, gorros o medias. Junto a ellas, el rosario suspiraba por tantas peticiones que oyó: algunas satisfechas; la mayoría, no. Los anteojos, todavía empañados por las últimas lágrimas, se resistían a creerlo. Debajo de todos ellos, estaba la carta que nunca sería enviada: con la tinta grumosa y algunas arrugas, esperaba pacientemente a sus lectores.
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