─¿Y cuándo será el incendio?
─¿Por qué un incendio? Podría ser un terremoto.
Hablaban susurrando, sentados al borde de cada cama.
─No, un incendio. Así lo podemos contemplar.
─¿Contemplar? ─dijo sonriendo
─Claro, si no ¿para qué?
─Para que no exista, eso es lo que yo quiero, que no exista este maldito colegio.
─Pero dime ¿cuándo será? ─dijo ávido.
─Un fin de semana o en vacaciones, ya veremos.
Pasó el vigilante así que se acostaron, minutos después un gran estruendo bajo el piso los levantó. Se miraron pálidos.
─No hice nada Alberto, te juro…
Una grieta partía el dormitorio.
─Yo sé, fui yo… me quedé enganchado... pensando en el terremoto…
Blog de Carolina Rangel
Cuentos, microcuentos y poemas.
Escribir no es para mí una necesidad. Es un estado natural. Algo que fluye sin esfuerzo y eso me sorprende.
Bienvenidos los comentarios.
Bienvenidos ustedes.
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Escribir no es para mí una necesidad. Es un estado natural. Algo que fluye sin esfuerzo y eso me sorprende.
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martes, 14 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
Irremediable
Si no aparto los ojos, esa mirada incendiaria me aniquilaría, arrasaría, consumiría.
Me deja saber su odio, me estruja, me aprieta, casi me golpea.
Flota en el aire el hecho de que su labor en sí es desagradable, la obligación a realizarla innecesariamente, la imposibilidad de quejarse.
Nos desgarramos, figurada, literalmente.
Para mi es irremediable, no puedo evitarlo, mi cuerpo camina solo hasta allá.
Cada domingo acudo puntualmente. A pesar que no tengo a nadie a quien visitar en esa cárcel, nunca falto a la requisa.
Me deja saber su odio, me estruja, me aprieta, casi me golpea.
Flota en el aire el hecho de que su labor en sí es desagradable, la obligación a realizarla innecesariamente, la imposibilidad de quejarse.
Nos desgarramos, figurada, literalmente.
Para mi es irremediable, no puedo evitarlo, mi cuerpo camina solo hasta allá.
Cada domingo acudo puntualmente. A pesar que no tengo a nadie a quien visitar en esa cárcel, nunca falto a la requisa.
miércoles, 18 de mayo de 2011
¿No prefieres un cuento?
─Háblame de las cositas chiquitas para las puertas.
Era la hora de dormir y Dayana hablaba con su abuela para relajarse.
─¿Las llaves? ¿No prefieres un cuento?
La habitación estaba en penumbras, los juguetes guardados y Dayana estaba cambiándose de ropa lentamente.
─No, háblame de las llaves.
─Bueno déjame ver… ─dijo mientras recordaba los detalles─ eran unos artículos así de chiquiticos.
─¿Cómo abuela? ¿Tan chiquitos?
─Claro, por eso era que se perdían tanto.
Dayana reía divertida, tratando de imaginarse como era una llave, haciendo preguntas que ya había hecho otros días y otras noches antes de dormir.
─Bueno, eran chiquitas, planas y tenían dientes.
Este era el momento en que Dayana se carcajeaba.
─Pero no eran como estos ─dijo mostrando su perfecta dentadura─ eran así ─dijo dibujando zigzags en el aire.
─¿Y qué hacían con las llaves?
La abuela apartó la colcha, guardó los muñecos y sacó las almohadas extra.
─Las metíamos en unos agujeritos especiales que traían las puertas, las girábamos y abrían… o cerraban.
─Y los ascensores, háblame de los ascensores.
Dayana se amarró el cabello. Lo tenía largo y se le enredaba si lo dejaba suelto al dormir.
─Esos eran unos cuarticos que servían para moverse en los edificios, pero solo verticalmente.
─¡Aja pero cuéntame…!
─Bueno tenían unos botones con números para indicar el piso y una pantallita para que uno supiera por cual andaba.
─¿Y cuando se trancaban? ─preguntó emocionada.
Ya, para entonces, Dayana estaba en la cama arropada, pero espabilada todavía.
─Sí, a veces se trancaban, no abría la puerta o algo así, entonces había que pulsar el botón de alarma, venían los bomberos y te sacaban.
La abuela hacía todo un histrionismo, para mostrarle a Dayana todo lo que le estaba contando.
─ ¿Y cómo hacían para terminar de llegar?
─Subíamos por las escaleras por supuesto.
─¿Y cómo eran las escaleras?
─Igual que ahora. Las escaleras no han cambiado nada, siguen siendo como siempre… ¡Cansonas!
Ya se estaban relajando. La abuela sentada a la orilla de la cama y Dayana había apoyado la cabeza en una de las almohadas.
─¿A ti no te gustan las escaleras abuela?
─Antes había lo que se llamaba escaleras eléctricas.
─¿Eléctricas?
─Esas sí me gustaban.
Ya Dayana tenía sueño, así que no preguntó mas detalles solo dijo:
─Qué bueno que te tengo para que me cuentes esas cosas, mi maestra solo habla de cómo ha cambiado la familia.
─Si supieras que a mí me parece que la familia no ha cambiado.
─¿En serio abuela? ¿Tú piensas eso? ─dijo con los ojos cerrados, en voz baja.
─La familia es un grupo de personas que se aman, se protegen, se ayudan. Si se hacen daño es sin quererlo y si lo quieren no merecen llamarse familia. Eso siempre ha sido así, y siempre será.
Dayana ya estaba dormida pero sí la oyó, entre sueños.
Era la hora de dormir y Dayana hablaba con su abuela para relajarse.
─¿Las llaves? ¿No prefieres un cuento?
La habitación estaba en penumbras, los juguetes guardados y Dayana estaba cambiándose de ropa lentamente.
─No, háblame de las llaves.
─Bueno déjame ver… ─dijo mientras recordaba los detalles─ eran unos artículos así de chiquiticos.
─¿Cómo abuela? ¿Tan chiquitos?
─Claro, por eso era que se perdían tanto.
Dayana reía divertida, tratando de imaginarse como era una llave, haciendo preguntas que ya había hecho otros días y otras noches antes de dormir.
─Bueno, eran chiquitas, planas y tenían dientes.
Este era el momento en que Dayana se carcajeaba.
─Pero no eran como estos ─dijo mostrando su perfecta dentadura─ eran así ─dijo dibujando zigzags en el aire.
─¿Y qué hacían con las llaves?
La abuela apartó la colcha, guardó los muñecos y sacó las almohadas extra.
─Las metíamos en unos agujeritos especiales que traían las puertas, las girábamos y abrían… o cerraban.
─Y los ascensores, háblame de los ascensores.
Dayana se amarró el cabello. Lo tenía largo y se le enredaba si lo dejaba suelto al dormir.
─Esos eran unos cuarticos que servían para moverse en los edificios, pero solo verticalmente.
─¡Aja pero cuéntame…!
─Bueno tenían unos botones con números para indicar el piso y una pantallita para que uno supiera por cual andaba.
─¿Y cuando se trancaban? ─preguntó emocionada.
Ya, para entonces, Dayana estaba en la cama arropada, pero espabilada todavía.
─Sí, a veces se trancaban, no abría la puerta o algo así, entonces había que pulsar el botón de alarma, venían los bomberos y te sacaban.
La abuela hacía todo un histrionismo, para mostrarle a Dayana todo lo que le estaba contando.
─ ¿Y cómo hacían para terminar de llegar?
─Subíamos por las escaleras por supuesto.
─¿Y cómo eran las escaleras?
─Igual que ahora. Las escaleras no han cambiado nada, siguen siendo como siempre… ¡Cansonas!
Ya se estaban relajando. La abuela sentada a la orilla de la cama y Dayana había apoyado la cabeza en una de las almohadas.
─¿A ti no te gustan las escaleras abuela?
─Antes había lo que se llamaba escaleras eléctricas.
─¿Eléctricas?
─Esas sí me gustaban.
Ya Dayana tenía sueño, así que no preguntó mas detalles solo dijo:
─Qué bueno que te tengo para que me cuentes esas cosas, mi maestra solo habla de cómo ha cambiado la familia.
─Si supieras que a mí me parece que la familia no ha cambiado.
─¿En serio abuela? ¿Tú piensas eso? ─dijo con los ojos cerrados, en voz baja.
─La familia es un grupo de personas que se aman, se protegen, se ayudan. Si se hacen daño es sin quererlo y si lo quieren no merecen llamarse familia. Eso siempre ha sido así, y siempre será.
Dayana ya estaba dormida pero sí la oyó, entre sueños.
martes, 17 de mayo de 2011
Ella y él
Él abrió la puerta de la habitación con mucho sigilo, entró y la cerró sin que sonara. Era un experto. Vio el reloj que iluminaba en la mesita, eran las dos de la mañana. Ella estaba profundamente dormida.
Él caminó hasta la cama. La meta era acostarse junto a ella sin despertarla.
Ella lo sintió sentarse pero mezcló la realidad con algo que estaba soñando y abrió los brazos. Él se acostó y quedó abrazado.
Para ella era otra hora y otra circunstancia, así que le llenó el cuello de besos. Para él era aprovechar unos mimos que no merecía. Los recibía en lugar de reproches por una conducta indeseada.
Ella comenzó a despertar mientras él decía:
─Mami, te quiero mucho, mucho, mucho.
─Yo también, pero ¿no habíamos quedado que ibas a dormir en tu cama?
─Hoy nada mas…
Él caminó hasta la cama. La meta era acostarse junto a ella sin despertarla.
Ella lo sintió sentarse pero mezcló la realidad con algo que estaba soñando y abrió los brazos. Él se acostó y quedó abrazado.
Para ella era otra hora y otra circunstancia, así que le llenó el cuello de besos. Para él era aprovechar unos mimos que no merecía. Los recibía en lugar de reproches por una conducta indeseada.
Ella comenzó a despertar mientras él decía:
─Mami, te quiero mucho, mucho, mucho.
─Yo también, pero ¿no habíamos quedado que ibas a dormir en tu cama?
─Hoy nada mas…
martes, 10 de mayo de 2011
Solo un paso
Teresa está en el vestidor, faltan diez minutos para que comience la clase y sabe que se van a ir muy rápido. Alguien la apura, ya tiene el traje de baño, se pone el gorro y sale. Está convencida que hoy es el día. Hoy le van a pedir que se lance a la piscina.
Nunca se ha parado en un trampolín, sin embargo sabe que le tiene miedo. Sabe que le aterra brincar al vacío, sin que nada la agarre, la perturba la soledad de sentir el aire por todos lados. Se pregunta “¿qué se oye en una caída libre?”.
─ ¡Salta Teresita!
No puede. Le asalta un pensamiento, “¿si mientras caigo el agua desaparece? ¿y si no es una clase de natación sino que estoy en la azotea de un edificio?”
Mueve los pies dando pasitos cortos, agita los brazos, mira a todos lados.
─Es solo un paso…
No oye mas nada. “Es solo un paso” repite en su mente. Se concentra en esa frase. Arma una escena en la que no está en el borde de una tabla a 3 metros del agua, está en un parque, en el último escalón antes de pisar el césped. Levanta el pie, pero pierde el equilibrio por un segundo, retoma su posición inicial. “No, no es buena idea. Sabía que esto iba a pasar. ¿Para qué vine?” piensa.
Mira a su alrededor, hay unas cien personas observándola, algunas riendo, otras compungidas, todas expectantes. Si pudiera convencerse de que no se va a hacer daño, pero es que el agua no le parece agua, es como un piso azul.
─Yo estoy aquí abajo, yo te atrapo…
El miedo va en aumento, ya no se mueve, al rato descubre que está paralizada. “¿Cuánto tiempo llevo aquí?” se pregunta. Los músculos se endurecen más y más. Está rígida, el cuerpo se le convirtió en una cárcel.
─Vamos a salir de esto Teresita, anda salta ya…
Necesita moverse, liberarse. No puede. “Déjenme salir” grita dentro de su cabeza.
Siente un impulso, más bien una urgencia, sucedió como si rompiera un tubo en el que estaba contenida, de un solo golpe, gritando con todos los pulmones. ¿Cuánto duró la caída? Le dio tiempo de reír a carcajadas, de sentir el aleteo de brazos y piernas en euforia y de comenzar a llorar justo antes de entrar como una bala en el agua helada.
Nunca se ha parado en un trampolín, sin embargo sabe que le tiene miedo. Sabe que le aterra brincar al vacío, sin que nada la agarre, la perturba la soledad de sentir el aire por todos lados. Se pregunta “¿qué se oye en una caída libre?”.
─ ¡Salta Teresita!
No puede. Le asalta un pensamiento, “¿si mientras caigo el agua desaparece? ¿y si no es una clase de natación sino que estoy en la azotea de un edificio?”
Mueve los pies dando pasitos cortos, agita los brazos, mira a todos lados.
─Es solo un paso…
No oye mas nada. “Es solo un paso” repite en su mente. Se concentra en esa frase. Arma una escena en la que no está en el borde de una tabla a 3 metros del agua, está en un parque, en el último escalón antes de pisar el césped. Levanta el pie, pero pierde el equilibrio por un segundo, retoma su posición inicial. “No, no es buena idea. Sabía que esto iba a pasar. ¿Para qué vine?” piensa.
Mira a su alrededor, hay unas cien personas observándola, algunas riendo, otras compungidas, todas expectantes. Si pudiera convencerse de que no se va a hacer daño, pero es que el agua no le parece agua, es como un piso azul.
─Yo estoy aquí abajo, yo te atrapo…
El miedo va en aumento, ya no se mueve, al rato descubre que está paralizada. “¿Cuánto tiempo llevo aquí?” se pregunta. Los músculos se endurecen más y más. Está rígida, el cuerpo se le convirtió en una cárcel.
─Vamos a salir de esto Teresita, anda salta ya…
Necesita moverse, liberarse. No puede. “Déjenme salir” grita dentro de su cabeza.
Siente un impulso, más bien una urgencia, sucedió como si rompiera un tubo en el que estaba contenida, de un solo golpe, gritando con todos los pulmones. ¿Cuánto duró la caída? Le dio tiempo de reír a carcajadas, de sentir el aleteo de brazos y piernas en euforia y de comenzar a llorar justo antes de entrar como una bala en el agua helada.
lunes, 2 de mayo de 2011
La puerta abría hacia afuera
Ana corrió las ventanas. Había terminado de limpiar y quería que se fuera el olor a desinfectante y pulitura. Su casa era pequeña, pero tenía cuadros de firma, esculturas valiosas y mucha madera.
En la entrada, en una pared, colgaba un objeto solitario que a primera vista discordaba con el resto del ambiente. Era un plato de aluminio, de los que usan los perros.
Ana lo estaba observando cuando sonó el timbre. Miró el reloj. “Valeria es siempre tan puntual” pensó.
Eran pocos años pero casi no se reconocieron. Las dos habían cambiado mucho, no solo físicamente. Sin embargo, se abrazaron y no pudieron evitar algunas lágrimas. Mientras colocaba la cartera en el perchero Valeria sonreía. Le entregó a su amiga una bolsa con varios regalos.
─Disculpa la facha. Estaba limpiando y tú sabes cómo soy yo. ─dijo Ana.
─Estás muy bien. ─dijo Valeria─ ¡Qué bello tu árbol!
Se acercó al árbol de navidad que presidía la sala. Estaba decorado con flores amarillas. No era casualidad, Ana había escogido el color a propósito, para gusto de su amiga.
─¿De verdad te gusta? ─dijo mientras ubicaba los paquetes.
─¡Parece un araguaney! ─dijo Valeria riendo.
Pasaron un rato hablando de adornos y aunque Valeria caminaba y giraba examinándolo todo no volteaba hacia el plato. Ana llegó a pensar que sí lo había visto y simplemente no le había importado.
─Bueno pero yo llegué antes que los demás invitados para ayudarte. ¿Qué falta por hacer? ─dijo Valeria.
─La ensalada. El pavo está en el horno. Lo demás está listo.
─No me dejaste nada ─dijo riendo y parecía que estaban suficientemente relajadas como para pasar una velada agradable ese día.
Pero al dirigirse a la cocina Valeria lo vio. Se quedó desconcertada viendo el plato. Caminó y puso la cara a pocos centímetros de él, parecía que quería olerlo.
Ana temblaba y se pasaba las manos por la cara. Quiso decir algo pero luego prefirió callarse, le iba a salir la voz entrecortada .
Valeria tomó su cartera y abrió lentamente la puerta, salió, se paró de frente a Ana viéndola a los ojos y dio un fuerte portazo.
En la entrada, en una pared, colgaba un objeto solitario que a primera vista discordaba con el resto del ambiente. Era un plato de aluminio, de los que usan los perros.
Ana lo estaba observando cuando sonó el timbre. Miró el reloj. “Valeria es siempre tan puntual” pensó.
Eran pocos años pero casi no se reconocieron. Las dos habían cambiado mucho, no solo físicamente. Sin embargo, se abrazaron y no pudieron evitar algunas lágrimas. Mientras colocaba la cartera en el perchero Valeria sonreía. Le entregó a su amiga una bolsa con varios regalos.
─Disculpa la facha. Estaba limpiando y tú sabes cómo soy yo. ─dijo Ana.
─Estás muy bien. ─dijo Valeria─ ¡Qué bello tu árbol!
Se acercó al árbol de navidad que presidía la sala. Estaba decorado con flores amarillas. No era casualidad, Ana había escogido el color a propósito, para gusto de su amiga.
─¿De verdad te gusta? ─dijo mientras ubicaba los paquetes.
─¡Parece un araguaney! ─dijo Valeria riendo.
Pasaron un rato hablando de adornos y aunque Valeria caminaba y giraba examinándolo todo no volteaba hacia el plato. Ana llegó a pensar que sí lo había visto y simplemente no le había importado.
─Bueno pero yo llegué antes que los demás invitados para ayudarte. ¿Qué falta por hacer? ─dijo Valeria.
─La ensalada. El pavo está en el horno. Lo demás está listo.
─No me dejaste nada ─dijo riendo y parecía que estaban suficientemente relajadas como para pasar una velada agradable ese día.
Pero al dirigirse a la cocina Valeria lo vio. Se quedó desconcertada viendo el plato. Caminó y puso la cara a pocos centímetros de él, parecía que quería olerlo.
Ana temblaba y se pasaba las manos por la cara. Quiso decir algo pero luego prefirió callarse, le iba a salir la voz entrecortada .
Valeria tomó su cartera y abrió lentamente la puerta, salió, se paró de frente a Ana viéndola a los ojos y dio un fuerte portazo.
miércoles, 6 de abril de 2011
La bicicleta del primo Ritchie
La bicicleta del primo Ritchie… Hacía años que no pensaba en ella. Era roja, brillante, tenía timbre, estaba decorada con unos dibujos, el sillín era negro de cuero y los cauchos eran enormes.
Se la regalaron al primo una navidad que pasamos en su casa, recuerdo el impacto que me causó, no podía dejar de verla, pero no dije nada, no dije que la quería y seguí jugando con lo mío. En ese viaje mi mamá y la mamá del primo Ritchie pelearon y nunca más nos reunimos. Pero antes de irnos el primo Ritchie me vio contemplándola otra vez.
─Algún día será tuya ─dijo sonriendo.
─¿En serio? ─dije incrédulo porque el primo Ritchie siempre me hacía bromas.
─Claro gafo, no ves que todo lo mío te lo pasan a ti. Esa ropa que tienes puesta era mía.
Después de eso pensaba en ella todas las noches antes de dormir. Algún día me montaría en esa bicicleta, sabría lo que es tener ese manubrio entre las manos y pedalearla por horas. Yo tenía unos cinco años entonces y a esa edad lo único que te dejan montar son triciclos. En algún momento, sin darme cuenta, la olvidé.
Pero aquel día, mi mamá nombró al primo y yo recordé la bicicleta.
─Le compraron una moto a Ritchie ¡cómo hacen eso con un niño de dieciséis años!
Me enseñó la foto en la computadora, era un perfil en una red social y yo me puse a revisar todas las fotos a ver si veía una donde apareciera la bicicleta, pero no, no había ninguna. Le envié un mensaje, le pregunté si todavía la tenía. No me respondió pero seguro lo leyó porque el día siguiente mi mamá me dijo:
─Ritchie te mandó una bicicleta con tu papá, dijo que tú se la pediste.
Mi papá estaba en la ciudad por negocios.
─No, él me la había ofrecido, yo solo le pregunté ─dije pensando que estaba en problemas.
─Tu papá te la trae el sábado ─dijo sonriendo.
Fueron los tres días más largos de mi vida.
Corrí con todas mis fuerzas, estaba en la plaza del pueblo cuando vi pasar la camioneta de mi papá. Cuando llegué a la casa me dieron muchas ganas de llorar, no había ninguna bicicleta en la batea. Me pregunté qué había pasado, podía ser que el primo Ritchie se arrepintió, que mi papá no la quiso buscar, que estaba mala. Respiré profundo antes de entrar a la casa.
Mi papá estaba sentado en el sofá. Me saludo muy contento, estaba bebiendo una cerveza.
─¿Y qué pasó con la bicicleta? ─pregunté.
Se puso una mano en la cabeza.
─¡La bicicleta! ─dijo con la boca abierta.
Un olvido era mejor que las opciones que había pensado, no sería hoy pero por lo menos todavía podía tenerla, así que sentí alivio.
Mi papá estaba serio, me veía fijamente. Yo lo observaba también absorto mientras pensaba como convencerlo para buscarla en un día próximo y de pronto me di cuenta que debajo de esa expresión había una sonrisa. Comencé a sonreír yo también y al rato ya mi papá se estaba carcajeando.
─Pero no te traje esa bicicleta vieja, era muy chiquita para ti ─dijo mientras caminaba hacia la camioneta─ la vendí y te compré una nueva.
Sacó una caja de la batea.
─Llama a tus amigos para que nos ayuden a armarla ─dijo con entusiasmo.
Vinieron dos de los muchachos que estaban siempre en la plaza y los tres nos quedamos hechizados cuando mi papá sacó las partes de la caja. Era plateada con unos detalles en verde, a medida que iba quedando lista descubríamos los detalles, tenía un compartimiento para poner el envase del agua, accesorios en el manubrio y otras cosas pero lo que más nos maravilló fue un resorte que tenía debajo del sillín. Después de no tener ninguna, tenía la mejor entre mis amigos. Era alta mi bicicleta, cuando me subí tuve que estirar mucho las piernas y cuando arranqué se me soltó por un instante el pedal del pie, pero no me caí, logré avanzar y vi la cara de orgullo de mi papá.
Mis amigos fueron a buscar las suyas y nos fuimos hasta la plaza, dimos varias vueltas y todos los que allí estaban me miraban, era la bicicleta más bella del mundo. En un momento dado voltee a ver a mi público y la vi. Era la bicicleta del primo Ritchie. Me quedé alelado, estaba igual que aquella vez, no lucía vieja, tenía una de las calcomanías del guarda-cadenas despegada de un lado, era lo único diferente. Me tuve que detener. Todavía la observaba cuando el niño que la tenía arrancó, sabía montarla, daba vueltas rápidas y ágiles. Yo todavía no dominaba la mía así. Me dio algo de tristeza, no sé por qué, así que invité a mis amigos a bordear la iglesia.
Pedaleamos duro y el lado derecho de la edificación era en bajada, agarramos bastante velocidad, yo acomodé los brazos de una manera que me entraba el aire por dentro de la franela y vi que mis amigos me imitaron, todos sonreíamos dándole la cara al aire.
Para regresar a la plaza pagamos el precio, nos tocó la subida, así que llegamos cansados y sedientos. Bebimos agua en un kiosco y nos mojamos la cara, eso nos refrescó pero mis amigos dijeron que se iban a su casa porque ya era hora de almorzar. El sol estaba fuerte a esa hora y la plaza empezó a quedar, poco a poco, desierta.
Pero el niño de la bicicleta del primo Ritchie no se fue, parecía que esperaba que lo recogieran porque estaba sentado a la sombra con la bici acostada a un lado. Me acerqué y le conté mi historia con ella. Se sonrió y me preguntó cosas de la mía, que para qué era el resorte, que por qué no había llevado agua en ella, qué parecía “galáctica”. Le dije que le podía arreglar lo de la calcomanía, saqué mi llavero que tenía una navajita y le recorté la orilla, ya no parecía despegada, quedó perfecta.
─Gracias ─dijo el niño.
─De nada ─contesté.
Era difícil determinar si éramos amigos ya. Pero no me podía tardar más porque tal vez ya se iba.
─¿Te gusta mucho mi bici? ─pregunté.
─Sí, mucho. ─me contestó con los ojos saltones, eso me dio ánimo.
─¿Quieres que las cambiemos? ─dije.
─¿Cambiar las bicicletas? ¿Para siempre? ─preguntó muy extrañado.
─Sí, yo te doy esta, la galáctica, y tú me das…
─Jamás cambiaría esta bicicleta ─me interrumpió.
Al rato me fui caminando, rodando la bici a mi lado y pensando que mi casa quedaba muy lejos.
Se la regalaron al primo una navidad que pasamos en su casa, recuerdo el impacto que me causó, no podía dejar de verla, pero no dije nada, no dije que la quería y seguí jugando con lo mío. En ese viaje mi mamá y la mamá del primo Ritchie pelearon y nunca más nos reunimos. Pero antes de irnos el primo Ritchie me vio contemplándola otra vez.
─Algún día será tuya ─dijo sonriendo.
─¿En serio? ─dije incrédulo porque el primo Ritchie siempre me hacía bromas.
─Claro gafo, no ves que todo lo mío te lo pasan a ti. Esa ropa que tienes puesta era mía.
Después de eso pensaba en ella todas las noches antes de dormir. Algún día me montaría en esa bicicleta, sabría lo que es tener ese manubrio entre las manos y pedalearla por horas. Yo tenía unos cinco años entonces y a esa edad lo único que te dejan montar son triciclos. En algún momento, sin darme cuenta, la olvidé.
Pero aquel día, mi mamá nombró al primo y yo recordé la bicicleta.
─Le compraron una moto a Ritchie ¡cómo hacen eso con un niño de dieciséis años!
Me enseñó la foto en la computadora, era un perfil en una red social y yo me puse a revisar todas las fotos a ver si veía una donde apareciera la bicicleta, pero no, no había ninguna. Le envié un mensaje, le pregunté si todavía la tenía. No me respondió pero seguro lo leyó porque el día siguiente mi mamá me dijo:
─Ritchie te mandó una bicicleta con tu papá, dijo que tú se la pediste.
Mi papá estaba en la ciudad por negocios.
─No, él me la había ofrecido, yo solo le pregunté ─dije pensando que estaba en problemas.
─Tu papá te la trae el sábado ─dijo sonriendo.
Fueron los tres días más largos de mi vida.
Corrí con todas mis fuerzas, estaba en la plaza del pueblo cuando vi pasar la camioneta de mi papá. Cuando llegué a la casa me dieron muchas ganas de llorar, no había ninguna bicicleta en la batea. Me pregunté qué había pasado, podía ser que el primo Ritchie se arrepintió, que mi papá no la quiso buscar, que estaba mala. Respiré profundo antes de entrar a la casa.
Mi papá estaba sentado en el sofá. Me saludo muy contento, estaba bebiendo una cerveza.
─¿Y qué pasó con la bicicleta? ─pregunté.
Se puso una mano en la cabeza.
─¡La bicicleta! ─dijo con la boca abierta.
Un olvido era mejor que las opciones que había pensado, no sería hoy pero por lo menos todavía podía tenerla, así que sentí alivio.
Mi papá estaba serio, me veía fijamente. Yo lo observaba también absorto mientras pensaba como convencerlo para buscarla en un día próximo y de pronto me di cuenta que debajo de esa expresión había una sonrisa. Comencé a sonreír yo también y al rato ya mi papá se estaba carcajeando.
─Pero no te traje esa bicicleta vieja, era muy chiquita para ti ─dijo mientras caminaba hacia la camioneta─ la vendí y te compré una nueva.
Sacó una caja de la batea.
─Llama a tus amigos para que nos ayuden a armarla ─dijo con entusiasmo.
Vinieron dos de los muchachos que estaban siempre en la plaza y los tres nos quedamos hechizados cuando mi papá sacó las partes de la caja. Era plateada con unos detalles en verde, a medida que iba quedando lista descubríamos los detalles, tenía un compartimiento para poner el envase del agua, accesorios en el manubrio y otras cosas pero lo que más nos maravilló fue un resorte que tenía debajo del sillín. Después de no tener ninguna, tenía la mejor entre mis amigos. Era alta mi bicicleta, cuando me subí tuve que estirar mucho las piernas y cuando arranqué se me soltó por un instante el pedal del pie, pero no me caí, logré avanzar y vi la cara de orgullo de mi papá.
Mis amigos fueron a buscar las suyas y nos fuimos hasta la plaza, dimos varias vueltas y todos los que allí estaban me miraban, era la bicicleta más bella del mundo. En un momento dado voltee a ver a mi público y la vi. Era la bicicleta del primo Ritchie. Me quedé alelado, estaba igual que aquella vez, no lucía vieja, tenía una de las calcomanías del guarda-cadenas despegada de un lado, era lo único diferente. Me tuve que detener. Todavía la observaba cuando el niño que la tenía arrancó, sabía montarla, daba vueltas rápidas y ágiles. Yo todavía no dominaba la mía así. Me dio algo de tristeza, no sé por qué, así que invité a mis amigos a bordear la iglesia.
Pedaleamos duro y el lado derecho de la edificación era en bajada, agarramos bastante velocidad, yo acomodé los brazos de una manera que me entraba el aire por dentro de la franela y vi que mis amigos me imitaron, todos sonreíamos dándole la cara al aire.
Para regresar a la plaza pagamos el precio, nos tocó la subida, así que llegamos cansados y sedientos. Bebimos agua en un kiosco y nos mojamos la cara, eso nos refrescó pero mis amigos dijeron que se iban a su casa porque ya era hora de almorzar. El sol estaba fuerte a esa hora y la plaza empezó a quedar, poco a poco, desierta.
Pero el niño de la bicicleta del primo Ritchie no se fue, parecía que esperaba que lo recogieran porque estaba sentado a la sombra con la bici acostada a un lado. Me acerqué y le conté mi historia con ella. Se sonrió y me preguntó cosas de la mía, que para qué era el resorte, que por qué no había llevado agua en ella, qué parecía “galáctica”. Le dije que le podía arreglar lo de la calcomanía, saqué mi llavero que tenía una navajita y le recorté la orilla, ya no parecía despegada, quedó perfecta.
─Gracias ─dijo el niño.
─De nada ─contesté.
Era difícil determinar si éramos amigos ya. Pero no me podía tardar más porque tal vez ya se iba.
─¿Te gusta mucho mi bici? ─pregunté.
─Sí, mucho. ─me contestó con los ojos saltones, eso me dio ánimo.
─¿Quieres que las cambiemos? ─dije.
─¿Cambiar las bicicletas? ¿Para siempre? ─preguntó muy extrañado.
─Sí, yo te doy esta, la galáctica, y tú me das…
─Jamás cambiaría esta bicicleta ─me interrumpió.
Al rato me fui caminando, rodando la bici a mi lado y pensando que mi casa quedaba muy lejos.
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